El último adiós
Le sujetaba una mano mientras paseábamos mirando el paisaje de ciudad que solíamos ver cuando salimos a comprar juguetes. Empecé a recordar todos esos buenos momentos que pasamos juntas, las risas en los columpios, las tardes con sus amigas, esas noches viendo películas de dibujos animados que siempre le sacaban una sonrisa. Se paró y señaló a una pequeña gaviota que estaba junto a lo que parecía ser su madre, luego me preguntó:
--Mamá, ¿tu crees que yo seré igual que tú cuando crezca?
Le miré y le respondí:
--Serás mucho mejor que yo, no te preocupes.
Le sonreí y seguimos avanzando
Se levantó una ligera brisa e hizo que su largo cabello marrón descuidado empezara a bailar en el aire. Sus ojos pequeños contrastaban con su cabellera que tenían un color oscuro que me hacía recordar esos días en los que parecían no tener salida. La tristeza solía reflejar nuestra casa, no nos gustaba estar allí, era como si la luz del sol no se reflejara y hiciera que se sintiera solitaria y vacía. Se volvió a parar y me preguntó:
--Mamá, ¿tú crees que papá sabe que estamos aquí?, no quiero que se vuelva a enfadar con nosotras, no quiero veros pelear más.
Se veía algo preocupada e inquieta, mantuve la calma y le dije:
--No te preocupes, él ya no se enfadara más, ya no nos volveremos a pelear, te lo prometo.
El largo trayecto que había de nuestro hogar a la estación del metro donde habíamos pactado que fuera el encuentro transcurría por bastantes lugares en los que nos habíamos divertido juntas. Empezó a tararear una canción, nuestra canción, esa que tanto le gustaba, la que siempre ponía cuando tenía la oportunidad y me hacía recordar que pasara lo que pasara haría todo lo posible para que ella fuera feliz.
Cada paso que dábamos me costaba más que el anterior. No quería llegar. No estaba preparada. A lo lejos se veía las señales que indicaban el fin de nuestro trayecto y que, por tanto, sería el inicio de nuestra despedida. Al llegar, nos paramos. Le sostuve las dos manos mientras le miraba a los ojos. Me dije a mi misma que no iba a llorar, pero la culpa invadió mi cuerpo. Poco a poco mis ojos se empezaron a llenar de lágrimas mientras que con todas mis fuerzas le pedía perdón. No quería llegar a esta situación. Ella confundida, me miraba con una expresión que se me quedó marcada, tenía los ojos medio llorosos esos con los que me miraba cuando estábamos con él, los que cargaban la culpa de mis malas decisiones. Asustada, se me apego a mi y me abrazó, no me dejaba ir. Fue como que esa situación ya la viví días pasados, fue un deja-vú. Pero no, esto no podía acabar así, me oponía a perjudicar su futuro, debía intentar arreglar el pasado. Le abracé aún más fuerte y le di un beso en la mejilla.
En el momento de la entrega me arrepentí de lo que estaba a punto de hacer. Así que fue ella quien me la arrebató, la trabajadora social. Ese fue el último día que vi a mi hija.
Categoría de 13 i 17 años. Institució Igualada