¿Recuerdas?

Sin Xuan i Javier

Los rayos de sol que caían sobre la ciudad de Barcelona se disipaban entre las calles del Eixample hasta Gracia.


La cara de Anabel, iluminada por el color ámbar del atardecer, se fue sumergiendo en la fría y concurrida estación de Sagrada Familia. 


Se sentó en uno de los asientos del andén tan rápido como sus piernas le permitieron y esperó a que las luces del metro iluminaran las vías. Era un día de paz en un año común, según Anabel. Cuando subió al vagón, las puertas se cerraron, impidiendo el paso de algún pasajero de última hora y el vehículo comenzó su ruta habitual. Nadie hablaba, nadie reía, nadie discutía. 


“Tal vez sus vidas son monótonas.” — Pensó Anabel, sin mucha importancia.


De repente, el metro se detuvo y las luces parpadearon. En la oscuridad y tensión de la gente, un susurro flotó en el aire: “¿Recuerdas?”


Anabel, sobresaltada, miró a ambos lados buscando auxilio, para darse cuenta de  que solo había jóvenes de su misma edad, todos diferentes. Pero no le dio importancia y siguió averiguando dónde había señal de wifi, al igual que los demás.


La mente de la joven rechinó y descubrió un secreto oculto de la sociedad, algo que nadie se atrevía a averiguar.


“¿Por qué no piden ayuda?” — pensó, ¿acaso solo piensan en sus móviles?


De repente, observó que las personas tenían el teléfono unido a la piel, tanto, que se adhería al propio organismo, hacía súbditos a esos seres.


La joven notó que la vida en aquellos vagones era robótica y fría. En un punto de esa ausencia fantasmal, una voz le recorrió el pabellón auditivo junto con la brisa de un aire pesado hizo que abriera los ojos.


“Qué historia más vehemente” — Una gran emoción recorrió su cuerpo, adrenalina. ¡La protagonista vivía una espeluznante invasión tecnológica! 


Sin poder parar de leer, el último aviso de batería baja apareció, y, en un momento, el teléfono dejó de mostrar aquel dramático relato.


En levantar la vista, vio a su abuela, decaída, con la mirada perdida entre de las puertas del vagón, un convoy inmóvil y con un inquieto sonido caracterizado por un leve chirrido, sumido en las profundidades de aquella metrópoli.


—“Abuela, ¿qué miras tanto?”


—“¿Yo? No sé, a los jóvenes de hoy en día y sus maquinitas supongo. No quería molestar.”


Lo supe en aquel mismo momento, las tecnologías funcionan gracias a clientes insatisfechos y yo  decidí ser uno. 


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—“¿Qué es esa sonrisa que te sale, Ani?” 


—“Nada, abu. Salgamos, que es nuestra parada.”


 


 

Categoría de 13 i 17 años. Escola Pia Luz Casanova

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