Cincuenta años después
Estoy aquí, bajando las escaleras del metro. Es la primera vez que vuelvo después de lo que pasó. Todo se siente vacío, como si solo estuviéramos yo y la soledad que me lleva acompañando desde lo sucedido.
Me siento en los largos bancos, esperando el transporte que me llevará a mi destino.
Meto la mano en el bolsillo, buscando mi móvil. Mierda, me lo he olvidado en casa.
¿Qué hago yo ahora en las cinco paradas que me quedan? Estaba a punto de volver a casa para cogerlo, pero no lo hago. Por él, y por respeto a su familia. ¿Qué pasaría si llegaba tarde? No me lo perdonaría, y sus padres tampoco.
Me quedo contando los minutos que pasan, hasta que -por fin- llega el metro. Se abren las puertas y entro. Está completamente vacío; solo diviso a una señora mayor sentada al final del vagón. Lo agradezco; ahora mismo no me apetece hablar ni escuchar a nadie. Me siento en una de las sillas vacías y, segundos después, se cierran las puertas. El metro empieza a circular: “Próxima estació, Universitat”.
Me hace recordar que pronto empiezo la uni. No tengo ganas de volver, y menos después de todo. Mis padres me dicen que me irá bien, que me hará olvidar.
Mientras pienso todo esto, el metro para. Nadie sube; seguimos estando solo esa señora y yo. De repente, la anciana se levanta y empieza a caminar en mi dirección. La miro atentamente, rogando para que no venga hacia mí, pero -en pocos segundos- llega a donde estoy y se sienta a mi lado.
“Próxima estació, Catalunya”.
“Niña: todo pasará, mira hacia adelante”. - dice la señora, con una cercanía que me parece extraña. “No busques justificación, no busques respuestas; no las tiene. La vida, a veces, nos deja sin respiración y sin argumentos”.
Me quedo atónita, sin saber qué decir. Miro directamente a la señora: me parece familiar, pero no logro recordar de qué la puedo conocer.
“¿A qué se refiere?” - respondo.
“La estación de Catalunya, ¿no te recuerda a algo?” - dice, ignorando mi pregunta.“¿No te recuerda a él?”.
Esta vez, la miro con confusión. ¿Qué podía saber ella?
“Señora, no tengo ganas de hablar, muchas gracias”. - le digo.
“No puedes dejar que los malos sentimientos te invadan, chica. Piensa en los buenos recuerdos que tienes junto a él en Passeig de Gràcia, o los buenos helados mezclados con vuestras risas que tomabais paseando por Las Ramblas”.
Se vuelve a escuchar la voz del metro: “Próxima estació, Urquinaona”.
“Urquinaona, ¿no es allí donde trabajaba él?” - prosigue.
“Sí, en un bar de El Born”. La respuesta me sale casi automática, sin saber bien por qué estaba respondiendo a esa extraña anciana que, por alguna razón que desconocía, sabía muchas cosas sobre mí, pero también de él.
“El Born, que bonitos recuerdos”. Asiento con la cabeza en respuesta.
“Pròxima estació, Arc de Triomf”.
La señora ríe tiernamente; también llora.
“¿Qué cantidad de fotos tienes ahí con él, eh? El bonito arco que tanto le gustaba”.
“Sí, tengo bastantes en el móvil. Pero me lo he olvidado en casa, lo siento”.
“No te preocupes, me acuerdo muy bien de cada una de ellas” - me dice, sonriendo.
“Próxima estació, Marina”.
“Yo ya me bajo en ésta” - digo, y me encuentro sonriéndole a la señora.
“Yo también, cariño”.
Cuando se abren las puertas, bajamos las dos.
“¿Sabes cómo se llega al cementerio?”- menciono, con la cabeza baja.
“Sígueme”.
Y aquí estoy ahora, cincuenta años después, guiando a la persona que una vez fui hacia el sitio donde aprendí a despedirme del que alguna vez fue el amor de mi vida.
Categoría de 13 i 17 años. CE Montseny