EL ÚLTIMO PASAJERO

Yasmine

Adrián iba en el metro volviendo a casa después de salir de fiesta con sus amigos. Iban hablando, riendo, recordando las mejores partes de la noche, pero poco a poco, el grupo se fue reduciendo. Primero se bajaron dos, luego otro, luego otro más… hasta que solo quedó él.


Apoyó la cabeza contra la ventana, medio dormido por el cansancio. Entonces, de reojo, vio algo moverse en el vagón. Un niño pequeño, Adrián se extrañó. ¿Qué hacía un niño solo en el metro a esas horas? Le sonrió un poco, por amabilidad, pero el niño no respondió. Solo lo miraba fijamente y  sin pestañear. Le incomodó un poco, pero pasó. Es un niño, da igual.


Las estaciones pasaban y el niño seguía allí, sin moverse. Cuando llegaron a la última parada, Adrián se levantó y vio que el niño no hacía ningún intento de bajar.


—Oye, ¿no te bajas? —preguntó.


El niño giró la cabeza muy despacio y dijo en voz baja casi susurrando:


—Estoy esperando a mi mamá.


Adrián sintió un escalofrío. Algo en la forma en que lo dijo… no sabía, pero le sonó raro. Salió del vagón y fue a hablar con el guardia de seguridad.


—Oye, hay un niño solo en el tren. Se va a quedar encerrado.


El guardia frunció el ceño.


—¿Un niño?


—Sí, está ahí dentro, mira—se giró para señalar el vagón.


Pero el niño ya no estaba, el asiento estaba vacío y Adrián sintió que el estómago se le encogía. Miró a su alrededor, buscando alguna explicación. Pero entonces, en el reflejo del cristal de la puerta cerrada, vio algo dos sombras. Una más alta, con la silueta de una mujer. Y otra más pequeña. Cogidas de la mano. El tren empezó a moverse, alejándose por el túnel oscuro. Adrián se quedó quieto, con la piel erizada.


Porque en ese vagón… no había nadie.


 

Categoría de 13 i 17 años. Fundacion Flors

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