Un golpe de realidad
Era un cálido día de principios de junio del 2025. Me preparaba para coger el metro, concretamente la línea L1 dirección Hospitalet, allí me esperaban mis padres. Hacía tiempo que no los veía, ya que trabajaba en la otra punta de la ciudad, Fondo.
En pocos minutos el tren había llegado y me encontraba decidiendo a qué convoy subirme. Siempre intentaba localizar el menos atestado de gente, pero la suerte hoy no estaba conmigo y, a pesar de que lo intenté, acabé junto a un cúmulo de personas intentando hacerse hueco entre la multitud.
Dos minutos después, el tren estaba en marcha, me las había arreglado para apoyarme en la parte trasera de un asiento; estaba tranquila, escuchaba música y pensaba en la alegría de poder abrazar a mis padres. La sensación se esfumó en cuanto sentí una mirada, al girarme me encontré con unos ojos penetrantes de un rostro que se me hacía familiar, pero no era capaz de reconocer. Lo ignoré y me centré en una niña de cabello rubio que se peleaba con su hermano pequeño por un adorable muñeco. Pero, en cuanto me volví a girar, me aterró la misma mirada. No era una cualquiera, era cansada, transmitía rabia y tristeza. Me causó un escalofrío que empeoró cuando el hombre que posaba en mí sus imponentes ojos comenzó a hacerse paso entre la multitud.
Decidí que no era seguro y por el espacio en el que me encontraba me vi obligada a caminar hacia la parte delantera del tren. Crucé al siguiente vagón, este no era tan ruidoso, no había niños correteando. Me fijé en unos adolescentes centrados en sus teléfonos, otros en sus apuntes, otros en la música que escudaban. Sin duda este convoy me gustaba más, además no me sentía observada por nadie. La sensación no duró mucho, mi entres volvió, el mismo hombre que evitaba acababa de cruzar la puerta de entrada al vagón y de nuevo, sus ojos se posaron en mí.
Al igual que hacía unos minutos, marché hacia mi única salida. Al abrir la siguiente puerta extrañé el segundo convoy y su tranquilidad. Esa sensación se convirtió en fuerza y en ese preciso instante me armé de valor, iba a afrontar al tipo. Me paré en la entrada del tercer vagón, pensé en pedir ayuda, pero nadie parecía escucharme. Finalmente, la puerta se abrió y con ella apareció el hombre.
El tiempo se detuvo por un instante, me acordé de mis padres, me esperaban en casa. Me di cuenta de todo lo vivido, desde la infancia, compartida con mi hermano, siempre alborotado, como los niños del primer convoy que peleaban por un muñeco; la adolescencia, una época donde disfruté, estudié y me relajé, que por desgracia había sido corta, tanto como mi tiempo en el segundo convoy, ya que no tardé en trabajar y entrar en un mundo donde no parecía que a nadie le importaras lo suficiente.
“Vamos, Nataly”, la voz del hombre me apartó de mis pensamientos. “Para mí esto tampoco es fácil”, confesó.
Un golpe de realidad me apuñaló el estómago, no era capaz de aceptar la realidad. El tiempo pasaba, mi estado mental empeoraba y pese a que mis padres no seguían con nosotros, mi hermano, ese hombre familiar, siempre estaba a mi lado para cuidarme
Categoría de 13 i 17 años. Fert Batxillerat