El cuento del malvado
Aquel día, que se deslizaba entre la monotonía de lo cotidiano, aquel pintor cuyo nombre no logro recordar, decidió despedirse a lo grande, tiñendo el cielo cristalina con pinceladas de un naranja crepuscular, un ocre melancólico y un carmesí apasionado. Era un adiós que hablaba de promesas, de esperanzas y de recuerdos que se aferraban al alma como hiedra a la pared.
Yo regresaba del instituto, arrastrando tras de mí el dulce cansancio de las horas invertidas en el saber y aprender. Me dirigía, como cada tarde, al vientre oscuro y profundo del metro. La brisa otoñal, traviesa y juguetona, soplaba con insistencia, desordenando mis cabellos y susurrando secretos a mi oído. El tiempo, ese tirano implacable, apremiaba, y las sombras se alargaban danzando sobre el asfalto, anunciando la inminente llegada de la noche.
Al adentrarme en la estación, una sensación extraña me invadió. El silencio era casi palpable, un manto denso que envolvía cada rincón. No había almas a la vista, ni el bullicio característico de las horas punta, ni las prisas desatadas de los viajeros. Solo yo, en la inmensidad de un espacio que parecía contener todo los secretos del mundo. Y entonces, como surgido de las entrañas de la tierra o descendido de las estrellas, apareció él.
Un dragón. No una criatura de pesadilla, escamosa y cruel, sino un ser majestuoso, de porte noble y mirada triste. Sus escamas, cual joyas ancestrales, reflejaban la luz tenue de la estación, creando un espectáculo de colores cambiantes. Sus ojos, dos pozos profundos, revelaban una soledad inmensa, un anhelo infinito de compañía. Era un dragón de cuento, un ser mágico que había escapado de las páginas de un libro olvidado, un peregrino en busca de un hogar.
Me contó, con la voz grave y resonante de las criaturas antiguas, que provenía del mundo de los cuentos, un lugar donde la fantasía y la realidad se entrelazan en un abrazo eterno. Buscaba amigos, compañeros de aventuras, almas gemelas que pudieran comprender su esencia y compartir su destino. Pero en cada cuento al que llegaba, era rechazado, temido, expulsado. Los héroes lo veían como un monstruo a vencer, las princesas como una amenaza a su seguridad, los aldeanos como un presagio de desgracia. Nadie parecía dispuesto a ver más allá de su apariencia imponente, a descubrir el corazón tierno que latía bajo sus escamas.
Recordé entonces aquellos versos de Antonio Machado: "En mi soledad, he visto cosas muy claras, que no son verdad". Quizás, pensé, la verdad reside en la capacidad de ver lo invisible a los ojos, de amar lo diferente, de abrazar lo desconocido. Y en ese instante, decidí que yo sería su amiga, su compañera, su refugio. Porque, al fin y al cabo, todos somos dragones en busca de un cuento que nos acepte tal como somos.
Con todo el cariño le abracé y le ofrecí mi amistad. Sus ojos, empezaron a brillar, como las estrellas del universo, como luciérnagas iluminando la oscuridad. Comenzó a volverse transparente y antes de desaparecer como el último rayo de luz del atardecer, me dió las grácias.
En aquel momento, sonó el freno del metro, trayendo me devuelta de mis pensamientos. Tal vez, antes de juzgar a los demás, tenemos que intentar comprender sus historias y escuchar lo que tienen que decir. Tal vez descubras que detrás de esos rostros aparentemente malvados, haya un corazón que también anhela ser amado y comprendido.
Categoría de 13 i 17 años. Institut Baldiri Guilera