La felicidad en las pequeñas cosas
Yo, una abuela con ya casi 90 años, pues voy a cumplirlos en breve, siempre he sido una persona muy feliz.
Desde bien pequeña he vivido en Barcelona, y contenta estoy. La ciudad posee una cultura y alegría inigualable a cualquier otra.
Toda la vida he guardado un secreto escondido; la raíz de mi felicidad. Ya desde niña, cuando salía del colegio, lo que más deseaba era volver rápido a casa, pero no por las razones que muchos pensarían. Mi padre me venía a recoger al colegio e íbamos corriendo a la estación, no porque fuésemos a perder el tren, pues pasa muy frecuentemente, sino porque el concierto que hacían en el andén de la estación era lo mejor del día.
El ritmo de las guitarras y las trompetas transmitía unas ganas de bailar imparables, y no éramos los únicos. Esa rumba catalana era bailada por decenas de personas. El sonido vibrante de los tacones repiqueteando en el suelo se mezclaba con las risas y el compás de las palmas, creando una sinfonía inolvidable. Me acuerdo de cómo le cogía las manos a mi padre y nos pasábamos horas y horas bailando; para nosotros era un paraíso escondido debajo de Barcelona.
Después, a la vuelta, cuando cogíamos el tren, nos poníamos a hacer los deberes juntos; pasábamos un muy buen rato. Mi padre era el mejor profesor, mi mejor amigo, era una persona con la que siempre me reía. Además, mi padre me hacía sentir realmente importante, yo era su guía, le indicaba en que línea tenía que ir. Me sabía los colores de memoria: la línea roja, azul, verde... Para mí, coger el metro era como una aventura extremadamente emocionante.
Fueron pasando los años y las personas con las que cogía el metro fueron cambiando. Ahora iba con mis amigas. También lo utilizaba para ir al entrenamiento, e incluso algunas veces para ir de compras. Siempre era una manera más rápida y divertida de ir a cualquier sitio en vez de andar con el calor que hacía.
Años después, pude transmitir mi pasión, mi “hobby”, a mis hijos. Iba con ellos al colegio y me reía tanto como cuando iba con mi padre. Me llenaba plenamente poder transmitir esta costumbre a mis hijos, y poder contarles historietas de cuando yo era pequeña e incluso las historias que me contaba a mí, mi padre.
Y sin darme cuenta, estoy en el mismo sitio años más tarde, sentada en el mismo vagón en el que iba con mi padre, escribiendo mi historia, el secreto de mi felicidad. Y a pesar de que el vagón ha sido renovado y modernizado, mantiene su esencia y me sigue transmitiendo la misma melancolía de cuando era pequeña.
Cada vez que paso por aquella estación, cierro los ojos por un instante y puedo sentir el eco lejano de aquellas guitarras, las risas y el compás de los pies danzando. Es como si el tiempo se detuviera y volviera a verme de la mano de mi padre, girando sin parar, mientras la gente aplaude y sonríe a nuestro alrededor. Es un recuerdo que está siempre presente en mi mente, como una melodía eterna que me susurra que la felicidad está en esos pequeños momentos compartidos con quienes amamos.
Categoria de 13 a 17 anys. Fert Batxillerat