Sonder en el metro

Martina

Todo empezó una gélida noche de febrero. Había finalizado una agotadora jornada y ya no tenía fuerzas para nada más. Caminé con paso automático hasta la estación de metro situada en la calle Colón, lista para coger la línea L3 dirección Zona Universitaria. Bajé las escaleras y, al llegar al andén, me encontré con un hombre de apariencia elegante, vestido con un traje impecable. A continuación, puso un pie en el metro y, sin pensarlo, hice lo mismo. Me senté en una de las butacas y abrí mi libro, ‘Sonder’.


A los pocos segundos, noté que aquel hombre se había sentado frente a mí. Justo a su izquierda, una mujer con un abrigo desgastado intentaba calmar a una niña que no dejaba de llorar y a mi derecha, un joven con auriculares miraba distraídamente por la ventana.


A medida que el metro avanzaba, cada parada parecía sincronizarse con el paso de las páginas de mi libro. Leía sobre el concepto de ‘Sonder’, ese concepto de que cada desconocido lleva una vida tan compleja como la nuestra, con sus propias luchas, alegrías y miedos. Por primera vez, levanté la vista y miré a mi alrededor con otros ojos. Aquella mujer agotada junto a su hija, el chico que escuchaba música, el hombre de traje frente a mí… todos tenían una historia, una realidad que nunca conocería por completo. Me pregunté qué los habría llevado allí, qué pensamientos ocupaban sus mentes. El metro frenó bruscamente, sacándome de mi ensimismamiento. La mujer se apresuró a bajar con la niña, el joven de los auriculares deslizó el índice a través de la pantalla y cambió de canción sin levantar la mirada y el hombre frente a mí siguió inmóvil.


Los días pasaron y, cada vez que subía al metro, buscaba sin querer aquel rostro entre la multitud. Hasta que, una noche, lo volví a ver. Estaba en la misma posición, con la misma postura, pero esta vez, su expresión era distinta. Sus ojos enrojecidos e hinchados delataban que había estado llorando. No pude evitar preguntarle si estaba todo bien. Él alzó la mirada, sorprendido por la pregunta. Durante unos segundos, pareció dudar, pero finalmente respondió con voz entrecortada que su hermana había fallecido esa mañana. Un silencio pesado se instaló entre nosotros. En ese momento, aquel hombre dejó de ser un desconocido más en el metro. Se convirtió en alguien real, en una persona con un dolor propio, tan profundo como cualquier emoción que yo misma hubiera sentido antes. No supe qué decir, pero tampoco hizo falta. A veces, el simple hecho de reconocer la existencia del otro es suficiente.


Esa noche, al llegar a casa, me quedé mirando por la ventana, con el libro aún en las manos. Volví a leer la frase subrayada: "Cada persona que ves es la protagonista de su propia historia, tan vívida y real como la tuya." Y entendí que, durante aquel trayecto en el metro, yo había sido un personaje secundario en la vida de muchos desconocidos. Y ellos, sin saberlo, también en la mía.


 

Categoria de 13 a 17 anys. Fert Batxillerat

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