Cartas sin destino
Mientras el metro avanzaba entre paradas y estaciones:
- Y así es como la conocí…
- ¡Hala, abuelo! Qué historia tan romántica, no sabía que hubieras conocido así a la abuela…
- No, Martina, ella no es tu abuela. A ella la conocí mucho después. Aquella mujer era Sofía, yo pensaba que era el amor de mi vida cuando era joven… Tenía unos ojos tan azules como el mar y el cielo juntos, y siempre llevaba un vestido rojo, que la caracterizaba. Pero un día ella desapareció, sin dejar rastro.
-¿Y qué pasó después?
-Yo decidí mudarme a otro lugar, porque esta ciudad me traía muchos recuerdos. Los últimos fueron malos, pero yo solo me acordaba de los buenos momentos que pasamos juntos, y de las horas que parecían segundos a su lado.
-¿Y por qué se fue si hacíais tan buena pareja?
-Martina, yo también me preguntaba eso. Pero supongo que es porque yo quería una vida con ella para siempre, esa misma semana le iba a pedir matrimonio, y ella era un alma libre. Sofía quería viajar y descubrir mundo, y no quería una familia, y yo quería formar una bonita familia con ella, y comprar una casa grande para nosotros. Queríamos estar juntos, pero queríamos cosas distintas. Y un día desapareció, sin dejar ningún tipo de pista de adónde se iba ni cuándo volvería. Solo dejó atrás una carta en forma de disculpa, porque en el fondo ella tampoco se quería ir, o eso quiero pensar yo. Yo no supe qué hacer después de eso y también me fui, aunque con los años decidí volver aquí a Barcelona, donde ya conocía a tu abuela, tuvimos a tu madre y a tus tíos, y luego llegaste tú. Yo era un hombre feliz, y tenía todo lo que siempre había querido con una mujer a la que quiero con toda mi alma.
-¿Y no pensaste en buscarla?
-Claro que sí, Martina, durante ese año le escribí cartas, pero nunca fueron enviadas, ya que no sabía dónde enviarlas.
-¿Abuelo, y nadie la conocía? ¿A nadie le dijo adónde iba?
-Si se lo dijo a alguien, yo nunca lo supe. Pero bueno, no pasa nada, gracias a eso ahora os tengo a vosotros, a mi familia. y sobre todo a ti.
-¿Cuánto queda para llegar, abuelo?
-Ya queda poco. En la próxima parada nos bajamos ya.
Y así lo hicieron, al llegar a la estación de metro de La Sagrera, se bajaron. Pero de camino a la salida, Pere se tuvo que detener.
-¡Abuelo,vamos, que quiero ir a jugar al parque!
-Sí, sí, perdona. Me había parecido ver a alguien.
Pero no todo se quedó ahí, al día siguiente Pere decidió volver a la estación, para ver si por casualidad, lo que había visto no había sido solo imaginación suya. Volvió a la misma hora que el día anterior, necesitaba quitarse la duda.Y allí la vio, con un vestido de ese color tan inconfundible. Solo le bastó con mirarla un par de minutos para darse cuenta de que él conocía esos ojos. Conocía ese color azul tan intenso y esa mirada tan viva. Qué caprichoso el destino, después de más de 47 años sin verla, encontrarla de nuevo. Y sobre todo, encontrarla allí, que fue el lugar donde se vieron por última vez. Pere, sin poder creer lo que veían sus ojos, empezó a llamarla. Esa exclamación resonó en toda la estación, donde ese día no había casi personas, algo muy raro un sábado en plena ciudad de Barcelona. Y aunque les separaban las vías del tren, Pere le dijo todo lo que en su momento no pudo. Le dijo que la quería y que la echaba de menos, que siempre lo había hecho.
Días más tarde, Sofía recibió la llamada de que Pere había fallecido, pero ese mismo día, a ella le llegaron todas las cartas que nunca habían sido enviadas.
Categoria de 13 a 17 anys. Fundación Flors