La serpiente metálica

Lucas

Entraba una luz tenue por esa estrecha ventana y, al darle en la cara, se despertó. La habitación estaba desordenada, era tan diminuta que cualquier movimiento, por muy pequeño que fuese, la desordenaba aun más. Fue a la cocina perezosamente y al abrir la despena, nada, vacío total. Se vistió con el traje arrugado y sin planchar, la corbata desteñida y los zapatos desgastados por el andar. Cerró la puerta y bajó las escaleras con prisa, llegaba tarde y, siendo el primer día, debía causar buena impresión.


La calle estaba llena de charcos y aún se percibía una humedad en el ambiente. De pronto, miró el reloj y se percató de que iba tarde, muy tarde; se apresuró mientras pasaba al lado de la gente, empujando a quien estuviese en su camino y saltándose todos los semáforos. Sin embargo, esos zapatos viejos lo traicionaron y lo hicieron caer, y al levantar la vista lo vio, el metro. Nunca antes había subido en esos vagones extranjeros, en ese momento, a la ciudad. Les tenía miedo, aun así, la desesperación por llegar a tiempo lo venció y se decidió.


Bajó las escaleras que llevaba a esa enorme sala subterránea, no sin antes pagar el pasaje. Se buscó en los bolsillos, el derecho, roto, y en el izquierdo unas monedas que le abrieron las puertas a la estación. Por las paredes, azulejos de colores que adornaban la sala, y en el suelo, baldosas cuadradas que brillaban por su novedad. Entonces ocurrió, el suelo empezó a temblar y un ruido estridente inundó el espacio. El hombre, presa del pánico, cerró los ojos y se tapó los oídos; cuando los abrió vio esa máquina delante suyo. Parecía una serpiente metálica, que de pronto abrió las puertas; la gente subía y bajaba con total normalidad; la multitud, ajetreada, pasaba por su lado y él, que había permanecido inmóvil, se decidió a entrar. El metro arrancó y se adentró de nuevo en la penumbra de la que había aparecido. Su interior estaba forrado de placas de metal y entre la gente, un sillón rojo vació que llamaba su nombre y le invitaba a quedarse sentado para siempre. Miraba por la ventana y veía todo pasar a una velocidad inconcebible para él, nunca antes había sentido esa sensación que le sacudía por dentro.


Cuando llegó el metro a Barcelona algunos hablaban de lo peligroso que era, le advirtieron que jamás se subiese en él, y por mucho tiempo permaneció así. No fue hasta ese día que se dio cuenta de que había estado equivocado. Entonces, llegó su parada, salió de esos vagones encadenados con una sonrisa de oreja o oreja. El corazón le palpitaba con fuerza y un hormigueo le recorría el cuerpo de los pies a la cabeza, subió a la superficie y vio su nueva oficina, donde iba a empezar a trabajar. El miedo se transformó en confianza, el estrés en felicidad, el agobio en entusiasmo; su traje ya no le acomplejaba y no podía esperar a trabajar.

Categoria de 13 a 17 anys. Fert Batxillerat

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