Ecos de un Último Viaje
El metro avanzaba lento, devorando la oscuridad del túnel con sus temblores constantes. Afuera, la lluvia seguía cayendo sobre la ciudad, empapando calles y aceras como si intentara borrar algo. Dentro del vagón, el tiempo parecía haberse detenido.
Daniel entró justo antes de que las puertas se cerraran. Se sacudió el agua del cabello y se pasó una mano por el rostro con cansancio. Y entonces la vio.
Serena.
Estaba sentada junto a la ventana, con el abrigo claro cubriéndole los hombros y las manos entrelazadas en su regazo. Su reflejo en el vidrio se mezclaba con las luces del túnel, como si formara parte del paisaje, como si no fuera completamente real.
Pero era real.
Y el mundo se encogió alrededor de Daniel. No la había visto en meses. Quizás un año.
Y, sin embargo, ahí estaba, como si el tiempo hubiera dado la vuelta para traerla de regreso.
Serena no pareció sorprenderse. No levantó la cabeza, no se sobresaltó. Solo habló, como si él nunca se hubiera ido.
—Siempre terminamos aquí.
Su voz era suave, pero llevaba algo escondido. Algo que pesaba.
Daniel se acercó.
—O tal vez nunca salimos de aquí.
Se sentó a su lado, dejando un espacio entre ellos. Un espacio que antes no existía.
Ella bajó la mirada.
—¿Cómo has estado?
Él sonrió sin ganas.
—Sobreviviendo.
Serena asintió, con una expresión que él no supo descifrar.
—Siempre fuiste bueno en eso.
El tren se sacudió, y las luces parpadearon.
Por un instante, el reflejo en la ventana les devolvió una imagen de otro tiempo. No eran ellos ahora, eran ellos antes. Dos sombras de otro momento, riendo, corriendo por las calles mojadas, prometiendo que nunca se dejarían.
Pero el tiempo los había dejado atrás. Y los recuerdos no bastaban para volver.
Serena suspiró.
—A veces… —empezó, pero no terminó la frase.
Daniel la miró de reojo.
—¿A veces qué?
Ella acarició la tela de su abrigo, como si buscara respuestas ahí.
—A veces sueño contigo.
Él sintió que algo dentro de él se rompía un poco.
Porque él también soñaba con ella. Soñaba con tardes de café, con estaciones llenas de promesas, con palabras que nunca dijo pero que aún sentía.
Pero los sueños no cambian el pasado.
El tren llegó a una estación. Las puertas se abrieron.
Pero nadie bajó. Nadie subió.
Solo quedaron ellos y el sonido de la lluvia golpeando el mundo afuera.
Serena se removió en su asiento.
—Es tarde.
Daniel asintió.
—Sí.
Y se quedaron en silencio, dejando que el ruido del metro hablara por ellos. Cuando el tren llegó a la siguiente estación, Serena se puso de pie.
Daniel sintió el impulso de detenerla. De pedirle que se quedara, que no volviera a irse.
Pero algunas palabras llegan demasiado tarde.
Serena lo miró por última vez. No sonrió. No lloró.
Solo bajó del tren. Las puertas se cerraron tras ella.
El tren siguió su camino.
Y Daniel se quedó allí, solo con el eco de su perfume desapareciendo en el aire.
Solo con el peso de un amor que aún dolía.
Con la certeza de que algunas personas solo están destinadas a cruzarse, pero nunca a quedarse
Categoria de 13 a 17 anys. Institut Alexandre Galí