El camino de la vida
Laura esperaba tranquilamente la llegada del metro. En la pantalla pequeña de la estación de Can Serra aparecía el tiempo estimado de la arribada en cuenta regresiva. Cada segundo que pasaba le parecía una eternidad. En aquellos dos minutos bajó la cabeza un par de veces para observar las notificaciones que recibía en su móvil. Rápidamente, lo apagaba y plasmaba su agotada mirada en cualquier otra parte de su entorno. Era su manera de evitar los problemas. Quería olvidar el presente, su vida. En un determinado momento, empezó a disociarse del alrededor. Cerró sus ojos. Dejó de escuchar el parloteo de la gente. Lo único que oía eran sus latidos acelerados. El corazón ansioso que iba a estallar. De repente, intuyó una luz en la oscuridad, una ráfaga de aire frío que movió sus rizos, el rugir metálico inconfundible de las vías que indicaban la aproximación del tren.
Al cruzar las puertas abiertas, la recibió un vagón lleno de pasajeros. Se apoyó en una de las paredes del tren. Sintió el traqueteo bajo sus pies. Observó a las personas. Se fijó en cada detalle de ellas. Las ojeras que contrastaban con la piel pálida de una mujer mayor. La sonrisa pícara que se dibujaba en el rostro de aquel joven al mensajear. La mirada que seguía con concentración la historia del libro que había tomado el control del muchacho. La inocencia de un niño que movía sus pies al ritmo que tarareaba una melodía. Pensó que todos ellos eran vidas con problemas, inquietudes y aficiones. Llenos de recuerdos y metas. Pero aún así, Laura se sentía aislada, desconectada del ambiente que estudiaba con la vista. Aquellas personas eran los personajes de una película en la que no actuaba. El tren avanzaba, el mundo giraba, todos vivían de manera monótona, pero ella era inexistente, separada por una barrera invisible de la realidad.
El tren frenó bruscamente en Plaça de Sants. Laura tuvo que aferrarse con ambas manos a la barra de metal para evitar perder el equilibrio. La vergüenza se apoderó de ella al dar por hecho que la atención de la gente se posaba en ella. Pero al incorporarse se dio cuenta de que nadie se había percatado de su incomodidad. Todos seguían absortos en sí mismos. Estaban enfocados en sus pensamientos, en las canciones que transmitían sus auriculares, en situaciones imaginarias o próximas. La mayoría estaba inmersa en sus mundos digitales, viendo vídeos, leyendo una noticia, interactuando con alguien en las redes sociales o recordando el origen de alguna foto antigua de la galería.
De pronto, entró una chica alta y delgada que se sentó al frente de Laura. Sus cabellos lisos y oscuros caían sobre una carpeta roja con unas letras blancas. Una carpeta que Laura conocía a la perfección. Era de la universidad en la que estudiaba medicina. El curso había empezado hacía tres meses. Un sentimiento extraño le invadió e hizo que su cuerpo se tensara por completo. En aquella chica de mirada perdida había algo que no le gustaba, algo que no encajaba. Sus ojos estaban enrojecidos y su pierna temblaba. Entonces, una lágrima le recorrió la mejilla. La autoexigencia se veía reflejada en su mirada.
En los diez minutos que pasaron hasta llegar a la parada de Catalunya no hizo más que analizar a esa pobre muchacha que parecía agotada de existir, de cargar con tantas presiones. Las puertas se deslizaron, Laura agarró su bolso con fuerza y salió del vagón con paso seguro. Sí, ya lo había decidido. No dejaría que el miedo, la duda y el agobio acabaran con su vida.
Categoria de 13 a 17 anys. Col·legi Tecla Sala