El viaje

rebumbio

La rutina comienza así: bajo escalones. La luz de los fluorescentes dibuja mis piernas, estira las sombras en una superficie difusa y vaporosa. El sonido de mis pasos rebota por el adoquinado. Avanzo por el largo pasillo para cambiar de línea. En derredor, el eco sigue allí, estancado, ¿o es mi taconeo? Cientos de ojos me vigilan a través de los pequeños anuncios que penden del techo. Las paredes respiran. ¿Por dónde camino? No lo sé, llego al final. No hay nadie en el andén. Una telaraña cuelga del puente. Hace días que la entrada es gratis, pero no se puede ir a ningún sitio. A ninguno.


 


La luz del túnel entra por los carriles. Una mezcla de colores pespuntea en mis ojos. Solo son puntos sin ningún principio, sin forma. Los vagones bailan ante mis pupilas. Las puertas se deslizan, subo. La plataforma está vacía. Las barras de sujeción bailan hacia detrás y adelante


 


El conductor espera unos segundos, parecen interminables. Suenan los pitidos. El sonido penetra en mis oídos, hiere los tímpanos, es doloroso. Las puertas se cierran. Las paredes se mueven. El eco, convertido en sombra, se rompe en conversaciones cotidianas. ¿A quién pertenecen esos rumores, esas risas? Sillas vacías me rodean.


 


Me siento.


 


El metro arranca. Las ruedas avanzan más rápido por los raíles. La estación de Rocafort es un minúsculo punto de luz. No sé qué pasa, la velocidad se incrementa. Mi cuerpo se adapta al movimiento. Noto la presión. La sangre golpea mi sien, se acumula en mi cabeza,


 


El instante plasmado bajo la luz de la bombilla se vierte en la realidad de otra rutina. La figura se recompone. Estoy agotado por la tensión de los días. El pensamiento pesa, mi visión se enturbia, cabeceo. Son las veinte horas. Percibo el aplauso, el rumor de la canción que empuja la ventana con fuerza. Mis labios se acompasan al ritmo del bullicio. Minutos después, solo permanece el silencio.


 


La bombilla pende del cable eléctrico. La luz fuera de foco baila al son de la brisa, como las estadísticas en la muda pantalla de televisión. Barras que suben y bajan, los números se destiñen, los gráficos se licuan, las palabras se embravecen, encharcan el suelo y brillan en la oscuridad que embarga la noche, cada día más corta, en un viaje inesperado.