El espacio entre las 07:32 y las 07:37

Ítaca

Luc, diminutivo de Llucmajor y no de Lucas ,como sus compañeros creían (sus padres se conocieron en esa estación de la Línea 4, dirección Trinitat Nova, cuando en la cabeza del metro iban tan apretujados que su madre tuvo que agarrarse al brazo de su padre para no caerse), no se consideraba una persona puntual, mucho menos ordenada. Sin embargo, dentro de esa impuntualidad que enloquecía a su madre y estresaba a su gato atigrado, había  cierta estructuración que evitaba que la vida se le echara encima. 


La primera clase de la semana empezaba a las ocho en punto, aunque si tenía en cuenta el cuarto de hora académico, contaba con una prórroga que se extendía quince minutos más; si salía de casa a las 7:25 (que ya de por sí era tarde), llegaría a la estación de Gavarra a tiempo de coger el metro de las 7:32 y bajarse en Universitat justo antes de que empezara la lección. Había funcionado así un cuatrimestre entero, como un reloj, y el metro no había fallado ningún día. Como decía antes: planificación. Hasta la impuntualidad requería talento.


Luc, por desgracia, se las ingeniaba para demorar todavía más su tardanza, la estiraba como un chicle: un vaso de leche demasiado caliente, echarle comida al gato, acordarse de cerrar la llave del agua, perfilarse los ojos con delineador… Las excusas se solapaban entre ellas como los pasillos en el transbordo de Cataluña. Cuando bajaba las escaleras de Gavarra a las 7:32, el túnel ya había engullido el metro, dejando el eco de un zumbido que le subía por las piernas, conque no le quedaba más remedio que esperar al siguiente, que no aparecía hasta las 7:37. 


 


En el espacio entre las 7:32 y las 7:37 se producía, no obstante, un fenómeno singular y fascinante con el que Luc desvariaba mientras el traqueteo de las ruedas lo llevaba a su destino. Sucedía a las 7:34 y se marchaba a las 7:35, un metro fantasma, vacío y sombrío que pasaba veloz por el andén como la sombra del anterior. No admitía pasaje, así lo indicaban las letras en el panel. Pero ¿y si lo hiciera? Según qué días, si Luc tenía sueño acumulado y aún no había abierto del todo los párpados, juraría que había formas amoldadas a los asientos de los vagones. Sombras. Espectros. Sucedían en un parpadeo. Casi no tenía tiempo de asimilarlo. 


Ninguna otra persona esperando con Luc al de las 7:37 le prestaba atención. Como si no existiera. Un fantasma en sí mismo. El día que se detuvo porque el semáforo se puso en rojo, Luc apretó el botón verde y esperó a que las puertas se abrieran, pero no lo hicieron. El metro lo dejó tirado en la estación. Tal vez fuera necesario ser un fantasma para montar. ¿Por qué no? Hasta ellos tenían derecho a utilizar el transporte público; al fin y al cabo, era de todos.


Luc tuvo que esperar décadas para que esas puertas se abrieran. Y dentro, tal y como siempre había pensado, estaba lleno de gente translúcida. Hombres con traje y corbata, abuelos y perros, mujeres enjoyadas con perlas… En las paradas más concurridas, agradecía ser intangible como el aire. Se preguntó a dónde iría cada uno, qué citas les esperaban. La Barcelona fantasma estaba tan viva como la otra. Quizás un poco más opaca, como si la miraras a través de un velo, pero siempre firme. Ahora que Luc no podía llegar tarde a ninguna parte, disponía de tiempo para visitarla entera. 


Los carteles que solían vestir las paredes tenían razón: sí que podías ir a donde quisieras. 


 

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