KiloMETROs enredados

Corazon Dilatado

Una vez más voy con el tiempo justo al aeropuerto. Me queda una hora para embarcar y me encuentro frente a uno de los acantilados del Metro de Barcelona, concretamente, en la parada de Collblanc. Mientras espero al ascensor y rezo un rosario entero para que pueda entrar en el primero que venga, me asomo tras la barandilla y pongo a prueba mis nulas capacidades para teletransportarme.


A ese ascensor le llamo Moisés ya que abre las aguas de ese acantilado y evita que me pierda en un laberinto de escaleras metálicas llenas de murmullos que me acechan con prisas. Es como estar sumergido en los trazos del cuadro "Relativity" de Maurits Cornelis Escher, lleno de escaleras que desafían la gravedad y los infinitos.


En medio de lo que creo un delirio, una voz me dice: "Veo Veo".


Me he levantado a las cuatro de la mañana y puede que esté dormida, pero esa voz insiste.


Termino entrando en sus kiloMETROs de imaginación. "Comencemos el juego" dije.


Veo Veo, una cordillera metálica llena de pensamientos. Los solidificó la lava de un dragón que no conseguía salir de su propio bucle hasta que se durmió. Sigue dormido pero dejó sus mil lenguas de fuego. No queman pero hacen cosquillas.


Veo Veo, un tablero sin reglas movido por la energía del sol del subsuelo y de las mareas de una luna subterránea. No descansan ni de noche ni de día. Juegan con espejos que crean gemelos y trillizos por doquier. Se multiplican sin meses de espera mezclando ADN de pasajeros.


Veo Veo, un suspiro perdido, enredado y encerrado ¿A dónde nos lleva? No veo el final cuando abre la boca.


Veo Veo, un sueño detrás de sus ojos. Allí donde se pierden tus susurros. Allí donde llega tu imaginación y tu respiración apnéustica. Allí abajo aparecen delirios trenzados convertidos en una melodía a la que se le pierde la pista.


Veo Veo, un pensamiento huidizo resbalando por el mecanismo interior de un robot lleno de puzzles de sonrisas que tocan las teclas del piano en cada escalón.


Veo Veo, un huracán petrificado tras su arresto por locura. Llega la condena. Una lluvia anestésica llena de nubes de palomitas abren sus capullos con cada pisada al son de maracas.


Veo Veo, una pista de aterrizaje hecha de polos opuestos que cree ser arena movediza. No para quieta. Siempre cambia. Camina. Se esfuerza. Unos aviones no de papel, sino de carne y hueso, títeres de ciudad con su locura incandescente.


Veo veo, una ruta de cascadas en calabozos que desafían la gravedad. Lloran profundamente surcando la tierra a pesar de llevar pesados grilletes. Raíces subterraneas móviles avanzan hasta que te encuentran. Suben y bajan como un yoyo de infinitos esfuerzos queriendo volver. A veces resbalan entre pisadas extrañas, atrapadas en huellas que las recuerdan a kiloMETROs y que cuentan sin decir, sin ver, sin saber, sin sentir.


Veo Veo, un corazón de hierro con esqueleto de pirámide invertida que curioseando metió su cabeza bajo tierra entre depósitos de ganas, esfuerzo y lucha.


Veo Veo, un Déjà vu titubeando entre ser y no ser en medio del desguace de los Goyas de quiénes dejan la Tierra, de coches de lujo descatalogados, de marcos separados de cuadros que lloran por la distancia que les une, de libros olvidados y rechazados, de esculturas perdidas... Todos ellos, abren y atraviesan puertas secretas llevándonos a lo desconocido.


Recuerdo pestañear y estar sentada en el avión.


Deseo que aparezcas de nuevo. Te invoco pero no te escucho. Esta distancia y silencio me aprieta...


Veo Veo...

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