Barcelona otoño 2017

carlitos321

Barcelona, otoño del 2017


 “Cuando salí de su portal mi coche ya no estaba allí”


Era lo esperable; que Carme Tornabelly, sin apenas conocerme, me invitara a su zulo en Torre Baró, porque obviamente no era su domicilio, que aparcara sin problemas delante de su portal y que para rematar me recibiera en cueros no era lo habitual. Esas cosas solo pasan en las películas americanas. Conclusión, me habían robado el coche, pero ¿era delincuencia habitual?


 Me dirigí a la estación de Roquetes en la Línea 3. Al ser segunda parada me pude sentar, a pesar de que a aquellas horas de la mañana el metro soporta una alta densidad humana que se dirige, los menos, a algún trabajo precario y los más a las oficinas de empleo de la Generalitat o a Barcelona Activa para que les expliquen en cursillos “ad-hoc” que encontrar trabajo es una cuestión de actitud, en breve, que si no trabajan es por su culpa.


En la parada de Montbau entró una banda de músicos rumanos que arremetieron furiosamente con “El vals de las olas”.


Me sumí en la lectura del “20 minuts” donde se informaba de una nueva recusación del Tribunal Constitucional contra C. Tornabelly por avalar un acto donde asumió, ilegalmente, competencias en materia de delitos fiscales que intentaban tapar las actuaciones de la familia Puijdevalls. Si la cosa tiraba adelante le podían caer años de prisión.


Cuando el metro enfilaba la parada de Passeig de Gràcia me preparé para salir descubriendo con sorpresa que uno de los músicos, el del acordeón, era Constantin Rumescu, un agente secreto al que conocí en Managua el verano de 1985 cuando ambos trabajábamos para los servicios de la inteligencia Sandinistas. Constantin, que entonces se hacía llamar Alexander Popescu era un tipo sin escrúpulos, muy eficaz en los interrogatorios. Nadie lo quería, pero todos lo utilizaban cuando se necesitaba información urgente. Como en aquella época la Revolución Sandinista era profundamente democrática y se ajustaba a los principios sobre el trato a detenidos, cuando a Constantin se le asignaba un interrogatorio lo dejábamos solo mientras íbamos a tomar café a una pulpería cercana. Al cabo de una hora Constantin entregaba la información que necesitábamos. Todo en orden.


Cuando todavía dudaba entre saludarlo u olvidar aquel intempestivo encuentro Costantín (o Alexander) me lanzó un guiño y me introdujo un papel en un bolsillo de la chaqueta mientras abandonaba con su grupo el vagón. En el andén me apresure a leer la nota:


De pechos sobre una torre que la mar combate y cerca,


 mirando a aquellos que marchan más allá de las montañas


las aguas crece Tornabelly, llorando lágrimas tiernas,


diciendo con voces tristes al que se aparta y la deja


“Vete, cruel Puigdemoliente, que bien me queda


en quien vengarme de tu agravio pueda”


 ¿Qué me estaba queriendo decir Constantin (o Alexander)?


Porque obviamente aquel encuentro no había sido casual.


Lo acabé de constatar al llegar a mi casa y ser informado por Antonio el portero de la finca de que los mecánicos ya habían aparcado el coche (averiado el día anterior, me informo) en mi plaza de parquin.  Fuera, unos nubarrones negros amenazaban tormenta. Me acojoné.


 

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