En metro, mujer siempre
La copa menstrual legó a mí hace veinticinco años: invento patentado por Leona Chalmers en 1937, pero todo un descubrimiento para mí. Como Colón, que creyó descubrir América.
En aquella época, yo me mostraba al mundo como una estudiante que corría por la ciudad con diversos fines: ir a la Universidad, a clases de aburrida gramática inglesa, apoyo escolar a un niño irreverente, encuentros asamblearios de estudiantes feministas, alguna merienda con amigas, algún cine con quien fuera. Los recorridos los hacía casi en volandas, con frenesí de juventud. Música en los oídos y la seguridad de quien coge el metro sin pensar, porque sabe cuál lo llevará a destino, casi con los ojos cerrados. Podía ir leyendo incluso (eso que se solía hacer en los transportes públicos a.m., antes de los móviles), no me chocaba y podía ir por pasadizos del metro girando donde tocaba sin dudar. Venía de Madrid y vivir en el Ensanche, “Eixample” me corregía mi profe de catalán, me hacía sentir eje de la vida que orbitaba a mi alrededor.
Hacia 2005 irrumpió en mi recorrido urbano la biblioteca. Para entonces, yo estaba embarazada. Mis intereses se acaracolaban hacia aquello que me crecía dentro, detrás del ombligo, como una ola engulléndose a sí misma. Con la llegada de Bruna a mi mundo, descubrí que el mundo de fuera no estaba preparado para nuestros paseos. No encontrábamos lugares donde refugiarnos de la intemperie sin ambientes ahumados, la ley que prohibiera fumar en los espacios públicos cerrados aún tardaría en llegar y la gente fumaba en los andenes. Así que volvíamos una y otra vez a nuestra biblioteca, allí podía sentarme y darle la teta, un gesto que en público todavía se leía rebelde. Y entonces, cuando se dormía, cantaba mi pequeña victoria del día: podía aprovechar para leer, olvidar las lavadoras por tender o las infinitas “tareas pendientes”. Sin embargo en esos tiempos me costaba la lectura, pero era capaz de quedarme dormida en cualquier parte mecida por las endorfinas, en el metro también.
Dediqué con placer mis horas a la crianza, no todas. Rascaba algunas para las amigas, para leer y escribir… era mi refugio. También estaba el trabajo, la típica doble jornada, siempre con metro de por medio.
Y nos dicen que es un abrir y cerrar de ojos y que la adolescencia de nuestros hijos nos enfrenta a nuestros peores rincones del alma. También nos descubren nuevas personas que anhelan ser adultas, con violento rechazo, y las queremos igual. Y nosotras seguimos usando la copa menstrual, ahora tamaño A, y leyendo, y escribiendo. Ellos se incorporan al trajín de la ciudad, suben y bajan del metro con el mismo ímpetu nuestro de antaño…
Y un día, todo llega, aparecen unos calores novedosos de los que poco se habla. Lo llaman climaterio, que suena a purgatorio, pero dentro del ciclo vital y no del mortal. Abandonamos la copa menstrual, quizás con más tiempo para brindar con otra copa, la de vino, con esas amigas que también están descubriéndose en ese momento postmenstrual.
Ahora en el metro, me llaman “señora” y a veces hasta me dejan el asiento, ya noto un ligero síndrome del nido vacío.
Soy tan urbana que creo que el metro siempre ha estado allí. Y no. Sin embargo, ya es centenario, lo conozco “de toda la vida”, desde siempre. Gracias por tanto.