FRÍOS PELIGROS
Mis manos estaban cubiertas de helado de fresa, ese sabor que ignoraba porque el de chocolate era más dulce —tenía siete años y mi lista de sabores todavía era escasa—. Allí no disponía de servilletas y una abuela que estaba en el andén, al verme apurada, se acercó para darme un paquete entero de pañuelos. Olían a menta y me refrescaron nariz y boca, tanto que casi pude teletransportarme a un mundo en donde las hojas de menta crecen por todas partes. Pero llegaron los médicos y me quitaron el helado de las manos.
…
El helado que le estaba recogiendo a un chico que cayó por mi culpa: por jugar en el borde justo antes de pasar el tren. Un helado que, aunque hasta el momento no me llamaba en absoluto la atención, ahora me parecía cremoso y delicioso. Mi madre, que aún seguía con el móvil en las manos, ahora miraba boquiabierta: estaba cubierta de helado morado —que solo yo podía ver— probablemente sabor a arándanos. Este sí que no me gustaba: su aspecto no era apetitoso, ni su olor agradable.
Aquella tarde se nos congeló el cerebro a todos de tanto comer helado.