En verso
Cada día sin falta me subía a la misma línea de metro para trabajar y era desde hacía más de tres semanas que me topaba con el mismo individuo jornada tras jornada, día tras día, era un no parar.
De pelo castaño y ondulado, el hombre a quien constantemente me encontraba iba siempre repeinado. Vestía moderno pero elegante, algo que me interesaba, y sus zapatos chirriaban al levantarse para en la barra de metal posicionar su mano. Se bajaba en la parada de Plaza Catalunya como yo, cediendo el paso a cualquier persona, como un caballero, como un honrado varón. Sin embargo, lo que más me llamaba la atención era la intensa manera en la que el hombre me miraba, no una vez ni dos, sino todo el trayecto, cada mañana, cosa que al final me enamoró.
Al principio me estorbaba y hasta miedo me llegó a dar, pero comprendí que era más que posible que alguien que diariamente me veía en el metro, de mí se podía enamorar. “Puede ser el amor de mi vida, algún día a hablarle me debería acercar”, mis pensamientos intrusivos me comunicaban. ¿Estaría yo perdiéndome una gran oportunidad? Las novelas románticas con las que me dirstraía en el camino habían hecho efecto, un amor a primera vista, una curiosa forma de conocerse, una bonita historia que contarle a mis futuros nietos. Aunque más pronto de lo que me pensaba mi dilema se resolvió y es que el misterioso hombre al entrar un día al vagón se me acercó.
No fue el hecho de haber perdido la esperanza en Cupido lo que me llevó a la desesperación, sino la vergüenza, la necesidad de que me tragase la tierra la que por completo me superó. Al acercarse el hombre que hasta los pies iba perfumado, me dijo (y esto no es inventado): “Perdona, te llevo observando durante semanas, ya lo debes saber, no te asustes por mis palabras, más no he aguantado. Necesitas un nuevo peluquero. ¡Eso está claro!¡Vaya corte, vaya estropicio! Pero aquí tienes mi tarjeta, que para eso está mi oficio.
Ningún final de novela me podría haber preparado para un giro de acontecimientos tan desafortunado.
Mis ojos eran platos, mi sonrisa ahora sellada, pues el corte de pelo con el que con tanta confianza por el andén yo me paseaba había sido objeto de una publicidad meditada.
Finalmente un día en su peluquería me presenté. Joan, que así se llamaba, de una manera calmada me sonrió: “Ay, alma de cántaro, no te preocupes, que no hay desastre que no pueda arreglar yo”.
Categoria de 13 a 17 anys. Fert Batxillerat