Me olvidé de quién soy o dónde estoy, pero me conozco.

Andres Felipe

Mientras escuchaba un ruido incesante en las vías del metro de Barcelona, despertaba solo para encontrarme con un olor rancio y putrefacto. No me reconocía ni sabía mi propio nombre. La única manera de saber quién soy es a través de un pedazo de vidrio roto en mi bolsillo. Al parecer, ya estoy acostumbrado a esto.


No encontré a nadie en el interior del metro. Al acercarme a las escaleras, el mismo olor putrefacto se mezclaba con un aire anaranjado emanando de la superficie. Me daba miedo. No sé exactamente qué edad tengo, pero siento que siempre temeré ese aire infectado. Todo a mi alrededor parecía vacío, como si el tiempo se hubiese detenido en esta estación olvidada por la vida misma.


De regreso a la plataforma, me senté en un banco y pensé si el metro aún pasaría sin pasajeros. El aire me asfixiaba, aunque podía respirar con normalidad. Algo presionaba mi pecho y sentía que era este aire. Me levanté y caminé sobre las vías. Si el metro venía, prefería morir antes que vivir sin memoria. Pero no creo que pase hoy ni mañana, quizás nunca más. Me preguntaba qué habría más allá de los túneles, si habría alguien esperando, si alguna vez existió un destino final para mí o solo estaba atrapado en este limbo de acero y concreto.


En los túneles encontré ropa desteñida y nueva. No estaba solo. Con esta incertidumbre, volví a la plataforma. Entonces lo escuché: el sonido del metro aproximándose. No había luces, pero mi única reacción fue correr. De repente, quería vivir. Me aferré a la posibilidad de encontrar a alguien más. Corrí sin descanso, mis huesos crujían, pero no podía detenerme. Cada paso era un recordatorio de mi fragilidad y, sin embargo, seguía adelante con una determinación que no comprendía del todo.


Llegué a la plataforma sin aliento, con una sonrisa que pronto se convirtió en confusión. No había metro. Solo el mismo vacío negro de siempre. No estoy loco. Aún pienso que ese ruido fue real, sentí las vías temblar. Si eso fue mentira, ¿cómo puedo asegurarme de que la tela no lo era? La ignorancia es lo único que me mantiene vivo. Me senté en el suelo, al lado del banco, tratando de asimilarlo todo. En ese momento, comprendí que lo único que realmente me pertenecía era la duda.


Empecé a imaginar a la persona de la ropa encontrada: un hombre alto y delgado. Si añado imaginación, puedo darle rostro. Pero ¿de qué sirve si nunca lo encontraré? Tal vez haya pasado por aquí hace mucho, tal vez aún esté cerca, acechando en la oscuridad de los túneles. En medio de mi delirio, alguien entra. Luego otra persona. Y otra. Una multitud ocupa el escenario. No sé cómo actuar. ¿Debería saludar? Me parecía irreal ver tantos rostros, tantos cuerpos ocupando este espacio que hasta hace poco creía solo mío.


Una mujer reparte folletos sobre cómo las medidas de protección del metro mataron a su hijo. Los cerdos ni siquiera se molestaron en quitar la ropa del niño de las vías. El dolor en sus ojos era inconfundible, una marca de tragedia que todos en esta estación parecían llevar de una forma u otra. ¿Qué significaba todo esto? ¿Era un sueño? ¿Un castigo? Me sentía cada vez más perdido.


Mi delirio cesa y mi rutina vuelve. Solo puedo abrir la boca para pedir unas monedas a un alma de corazón real. Pero, en el fondo, sé que lo que realmente deseo no es dinero, sino respuestas. Respuestas que tal vez nunca lleguen..

Categoria de 13 a 17 anys. Fundacion flors

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