Confidencial
Eran las ocho de la noche. Bajé las escaleras del metro con la mochila al hombro. Había pasado la tarde en el centro comercial y ahora iba camino a Badalona para encontrarme con unos amigos. El andén estaba bastante tranquilo, con apenas un par de personas esperando el tren hacia Badalona. Un grupo de jóvenes conversaba junto a una columna y, al otro lado, cuatro hombres de traje oscuro se mantenían en silencio, observando el reloj con impaciencia. No parecían pasajeros habituales del tren.
El metro llegó y subí sin prestarles demasiada atención. Me senté cerca de la puerta y saqué el móvil, pero algo me decía que debía estar atento. Cuando el tren arrancó, vi cómo los hombres de traje se distribuían estratégicamente por el vagón. Algo no iba bien.
En la siguiente parada, la tensión aumentó. Otros tres hombres subieron. No vestían traje, pero su presencia resultaba igual de inquietante. Uno de ellos miró a los de traje y asintió levemente. Entonces uno de los trajeados sacó un sobre grueso de su chaqueta y lo levantó apenas unos centímetros. Fue una señal.
El disparo sonó como un trueno dentro del vagón. El hombre del sobre cayó al suelo con un balazo en el pecho antes siquiera de reaccionar. El pánico se apoderó del vagón. La gente gritó, algunos se tiraron al suelo, otros intentaron correr, pero las puertas estaban cerradas.
Me agaché detrás de los asientos en el mismo instante en que comenzaron los disparos. Las ventanas estallaron en mil pedazos, los paneles de publicidad quedaron perforados por las balas. Uno de los hombres de traje intentó cubrirse, pero una bala le alcanzó en el cuello y cayó de rodillas, tosiendo sangre.
Miré a mi alrededor buscando una salida. Pero el metro no se detenía. Nos habíamos pasado la siguiente estación sin frenar, como si alguien hubiera desactivado el sistema.
Mientras tanto, el tiroteo seguía. Uno de los hombres de chaqueta aprovechó la confusión para registrar el cadáver del tipo que llevaba el sobre. Metió la mano en su chaqueta y sacó algo pequeño—parecía un USB o una tarjeta de memoria—antes de guardárselo rápidamente. Pero había más. Entre los hombres trajeados había otros que también llevaban paquetes bien sellados y precintados. No eran simples documentos, algo más grande estaba en juego.
Sin dudarlo, el hombre de la chaqueta sacó un pequeño cilindro plateado y lo lanzó al suelo. Al instante, un gas espeso comenzó a extenderse por el vagón. El humo me hizo toser y cerré los ojos por el ardor. Apenas podía ver a mi alrededor, pero escuchaba los jadeos de los pasajeros. Cuando el metro por fin se detuvo, las puertas se abrieron en una estación completamente vacía. No había policías, ni personal de seguridad, nada.
Yo me quedé unos segundos en el suelo, tratando de asimilar lo que acababa de ocurrir. Cuando finalmente me puse de pie, vi el desastre: cristales rotos, asientos manchados de sangre, el humo disipándose lentamente. Pero los responsables de todo aquello ya no estaban.
Salí del vagón sin mirar atrás. No sabía qué acababa de presenciar, pero una cosa era segura: aquella noche me había cruzado con algo de lo que nunca debí ser testigo. Semanas más tarde, leí en un reportaje de investigación sobre una red de mafiosos que traficaban información confidencial, trasladándola a través del país en pequeños dispositivos. El sobre, el USB, los paquetes… todo formaba parte de una operación de la que fui testigo por accidente.
Y aunque nadie hablaba de ello en las noticias, yo sabía la verdad.
Categoria de 13 a 17 anys. Fert Batxillerat