La banda
Me disponía a coger el metro, como todas las mañanas. Era un soleado viernes de primavera, y fijándome en las caras de la gente, podía observar una gran variedad de emociones. Entre las prisas y el desorden de las mañanas laborables, mis ojos se detuvieron en un grupo de adolescentes con aspecto no muy usual para su edad.
Vestían con una ropa oscura y elegante, y lo que despertó mi instinto curioso fue el hecho de que llevaban un maletín metálico, de forma rectangular y aparentemente pesado. Tras bajar la vista unos instantes para validar la tarjeta, me di cuenta de que el grupo sospechoso había desaparecido como por arte de magia. Avancé pocos metros en dirección al ascensor, y allí estaban, en perfecta formación, entrando disimuladamente por una puerta que decía “Prohibido el paso a personal no autorizado”. Me dispuse a seguir a esa banda de adolescentes tan misteriosa.
Al pasar por la puerta, mi nariz percibió un olor inusual que parecía incluso tóxico. Entonces vi uno de los maletines medio abiertos, en el que se podían observar juegos de luces parpadeantes. Me dispuse a abrirlo con un gran sentimiento de intriga, y se me desvelaron herramientas que parecían sacadas de un libro de ciencia ficción. Enseguida supe que habían sido utilizadas para forzar la puerta; algo iba mal y no me podía quedar de brazos cruzados… Seguí el pasillo que daba a unas escaleras de caracol viejas y desgastadas. Tras bajarlas, me encontré al grupo de sospechosos junto a una torre de ordenador, la estaban hackeando. De repente vi a uno de los miembros del grupo mirarme; se le sumaron poco después los demás. Con voz desafiante y sin pensar muy bien en las consecuencias dije: “¡Alto!, ¿qué hacéis?”. Y de repente sentí un fuerte golpe por la espalda.
Me desperté con una bolsa en la cabeza, en una sala oscura y húmeda, con un fuerte dolor de cabeza y atado de manos. Oí el murmullo de un grupo de personas discutiendo; segundos después, me destaparon la cabeza y me encontré frente a frente con el grupo de adolescentes, todos con pasamontañas y la misma ropa negra con la que los había visto al inicio. Uno de los adolescentes se adelantó y me miró fijamente. “No deberías estar aquí”, dijo con frialdad. Antes de que pudiera responder, la puerta del fondo se abrió de golpe y varios agentes de seguridad irrumpieron en la sala con armas de alto calibre en mano. “¡Alto, policía!”.
Los adolescentes intentaron huir, pero los agentes los redujeron rápidamente. Yo, aún aturdido, fui desatado por uno de ellos. “Hemos estado siguiéndolos durante meses”, me explicó un oficial. “Gracias a tu imprudencia, hemos conseguido atraparlos”. Miré a mi alrededor, el equipo informático, los maletines metálicos, las herramientas… Todo apuntaba a un grupo de ciberdelincuentes que operaban a las sombras del metro. Me llevaron a declarar y, aunque tuve que pasar horas en comisaría, me sentí aliviado. Al día siguiente, tomé el metro como siempre. Todo parecía normal, como si nada hubiera pasado. Pero esta vez, me limité a observar sin intervenir. Había aprendido la lección.
La ciudadanía seguía su ritmo habitual, como si nada. Me senté en un rincón, observando a la gente con una mezcla de curiosidad y cautela. Fue entonces cuando vi algo que me erizó la piel. En el reflejo de la ventana, entre la multitud, una persona con una capucha negra me observaba fijamente, Parpadeé y, cuando volví a mirar, había desaparecido. Tal vez todo había terminado… o tal vez no.
Categoria de 13 a 17 anys. Fert Batxillerat