El último viaje

Gisela

“El Último Viaje”


El metro avanzaba entre túneles oscuros, su traqueteo era un eco constante en la soledad subterránea. Era tarde, y solo unos pocos pasajeros compartían el vagón. Las luces parpadeaban con un brillo cansado, y el aire olía a metal y lluvia lejana.


Sentado junto a la ventana, Gabriel observaba su propio reflejo sobre el cristal, apenas visible entre la negrura del túnel. Su rostro, marcado por el cansancio, parecía más viejo de lo que realmente era. Llevaba un sobre arrugado en el bolsillo interior de su chaqueta, cuyo contenido pesaba más que cualquier maleta: una carta de despido.


 


Con la vista perdida, Gabriel apenas notó a la joven que se sentó frente a él. Parecía nerviosa, con las manos apretando un libro y los ojos brillando con la angustia de alguien que contiene lágrimas. Gabriel desvió la mirada, respetando su silencio, pero un súbito vaivén del tren hizo que el libro cayera al suelo.


 


—Perdona —dijo él, inclinándose para recogerlo.


—Gracias —respondió ella con una voz temblorosa.


 


El título del libro, “Valientes en la Tormenta”, llamó la atención de Gabriel.


 


—He leído este libro. —Comentó, intentando aliviar el ambiente—. Habla de personas que encuentran fuerza en los momentos más oscuros.


 


Ella esbozó una leve sonrisa, frágil pero sincera.


 


—Es la segunda vez que lo leo —dijo—. Hoy… hoy necesitaba recordarlo.


 


El metro se detuvo, y las puertas se abrieron con su característico silbido. Nadie subió ni bajó. El silencio entre ellos se hizo pesado, pero cargado de significado.


 


—A veces —continuó Gabriel—, creemos que todo se desmorona… hasta que algo inesperado nos cambia la perspectiva.


 


La joven lo miró, como si sus palabras hubieran tocado una herida invisible.


 


—Mi padre solía decirme algo parecido —susurró—. Hoy se cumplen dos años desde que se fue. Y aún me cuesta… seguir adelante.


 


Gabriel sintió cómo esa confesión rompía algo dentro de él. Durante meses, había estado encerrado en su propio dolor, sintiéndose solo en su lucha. Pero en ese instante, entendió que la vida era un mosaico de pérdidas, encuentros y segundas oportunidades.


 


El metro volvió a arrancar, y con él, algo se movió dentro de Gabriel.


 


—Yo también he perdido algo hoy —dijo, sacando el sobre del bolsillo—. Pero tal vez… no sea el final.


 


Ella lo miró con empatía, como si, sin palabras, le dijera: Te entiendo.


 


Al llegar a la siguiente estación, la joven se levantó.


 


—Espero que encuentres tu camino —dijo con una sonrisa suave—. Como los protagonistas del libro.


 


—Y yo espero que encuentres paz —respondió Gabriel—. A veces, las tormentas pasan más rápido si no las enfrentamos solos.


 


Las puertas se cerraron, y ella desapareció entre la multitud. Gabriel se quedó allí, con el libro en la mano —ella lo había dejado a propósito—, y sintió que, aunque el túnel era largo, al final siempre había luz.


 


El metro continuó su viaje. Y, por primera vez en mucho tiempo, Gabriel también.

Categoria de 13 a 17 anys. Ipse

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