Terror en el metro

Lucía

Nos remontamos a 2013, un 5 de febrero, cuando algo que cambió mi vida ocurrió inesperadamente. Era una gélida noche y un gran viento dominaba la ciudad.


Mi amiga Daniela y yo teníamos un evento en el Hotel Vela, así que quedamos en la parada de metro de María Cristina para dirigirnos a Drassanes y, desde allí, al paseo marítimo. Estábamos muy ilusionadas con el acontecimiento; nos esperábamos una larga noche que, aunque agitada, iba a ser inolvidable. Pasamos unas horas en el evento y, al acabar, tomamos otro tren para dirigirnos a la Costa Brava, pues el fin de semana nos quedaríamos en casa de Daniela.


A eso de la una de la madrugada, para coger la línea 3, íbamos cargadas con nuestros bolsos para el fin de semana y con una gran energía, aunque el cansancio comenzaba a notarse. Cuando al fin nos encontramos, bajamos a los andenes, el metro tardó en llegar, lo que nos resultó extraño. Miré a mi alrededor: no había nadie. También noté cómo la cara de Daniela palidecía, así que decidí no decirle nada.


A medida que el trayecto avanzaba, el resto de los vagones continuaban vacíos. De pronto, cuando llegamos a Poble Sec, escuché un estrépito que, al girarme, descubrí que era el sonido de un hombre cayendo al suelo. Con los ojos abiertos de par en par, se quedó tumbado, respirando aceleradamente. Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo. Daniela, pálida, se sujetó de mi brazo.


Entonces alguien nos agarró por detrás, con una fuerza aterradora, y nos tiró al suelo. No sé qué me asustó más: si la caída, el cuchillo que vi brillar en la mano del agresor o el grito ahogado de mi amiga. Cuando me intenté reponer, la luz comenzó a titilar.


A los pocos segundos, el hombre que dormía se levantó y, en ese preciso instante, sacó una motosierra de su bolsa y, con cara de loco, se acercó hacia nosotras. También sacó una cuerda: no podía creerlo, era un intento de secuestro. Nos taparon la boca, nos ataron las manos y nos retuvieron en un rincón del vagón mientras hablaban en voz baja. En ese momento, recordé el nombre de los criminales: Priscila Valentín y Ricardo López, una pareja que había cometido una serie de robos y secuestros en el metro de Barcelona. Lo supe porque hacía meses había visto sus rostros en las noticias.


Estuvimos retenidas dos horas mientras ellos planeaban cómo sacarnos del tren, pero pronto hubo un cambio en la situación. Nuestro miedo se intensificó cuando el metro se detuvo y no abrió las puertas. Me armé de valor y decidí actuar. Recordé que llevaba mi móvil en el bolsillo de la chaqueta, así que lo saqué y, con manos temblorosas, logré marcar el número de emergencias sin que me vieran.


Mientras intentaba enviar mi ubicación, Ricardo se percató y se lanzó sobre mí. Daniela, sin dudarlo, me defendió, forcejeó con él y logró empujarlo, haciéndolo caer sobre un asiento. Aprovechamos ese momento para correr. Priscila intentó atacarnos, pero no tuvo tiempo. Justo cuando creímos que escaparíamos, el metro se detuvo en la línea 1, y no supimos cómo, pero la policía entró y nos salvó.


Cuando bajamos en Arc de Triomf, corrimos hacia las agentes y les explicamos todo lo que había ocurrido. Nos escoltaron hasta casa y la noticia se publicó por todos lados. Días después, Daniela y yo seguíamos con el miedo metido en el cuerpo, y lo que más nos aterraba era saber que esos dos delincuentes seguían ahí fuera.


A día de hoy, 12 años después, el metro aún me da miedo, y me considero afortunada de haber sobrevivido a esta experiencia.

Categoria de 13 a 17 anys. Fert Batxillerat

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