Me llamo Mario

J. P. Rivero

La noche había sido larga. Tan sólo recuerdo mucha música y varios gin-tonics en el garito al que me llevaron para celebrar mi cumpleaños. Me dolían los oídos y estaba algo afónico después de cantar y gritar varias horas seguidas. Miré la pantalla del móvil: marcaba las cinco y media de la mañana; tomé la decisión de regresar a casa tras haber perdido entre la multitud al resto del grupo.


Bajé por la calle Aribau hasta plaça Universitat, y entré directamente en la estación del metro para pillar la línea 2 y volver al Clot desde allí.


Creo que éramos dos o tres personas ,como mucho, esperando junto a las vías. Las pantallas indicaban un periodo de espera de seis minutos y decidí sentarme en los fríos asientos para tratar de relajarme y evitar así marearme tras beberme la última copa de cubalibre, casi por cortesía, frente a mis amigos.


Observé el andén y me fijé en un chico que maldecía algo por lo bajo. Intuí que se había quedado sin batería en el móvil y le ofrecí un cable para cargarlo en uno de los enchufes USB que el TMB había instalado en la estación.


—   Esto… gracias —contestó el chico cogiéndolo y esperando a que la pantalla del teléfono brillara de nuevo.


—   De nada —medio susurré. No supe si el alcohol había tenido algo que ver, o quizás estaba algo mareado y mi cerebro sólo funcionaba al cincuenta por ciento, pero me quedé mirándolo durante un par de minutos, casi intentando no pestañear.


—   ¿Estás bien? —me preguntó, al sentir mis ojos sobre él.


Traté de hacerme el despistado y giré la cabeza hacia las pantallas, para verificar cómo solo quedaban dos minutos de espera. El corazón me latía más fuerte de lo normal y tuve que apartar la vista de los carteles luminosos que se anunciaban justo enfrente de mí.


—   Oye —le escuché decirme, mientras apoyaba su mano sobre mi hombro para llamar mi atención —. Ya está bastante cargado para que aguante hasta Sagrada Familia —y, mientras lo decía, me devolvía el cable.


Cuando lo cogí traté de rozar mis dedos con los suyos. Creo que se dio cuenta, pero no apartó la mano; al menos no hizo ningún movimiento brusco en señal de rechazo. Volví a colocarme frente a las vías y percibí como el metropolitano se acercaba, tras oír un ligero estruendo, sentir una leve brisa y distinguir unas brillantes luces en la oscuridad del túnel.


Las puertas se abrieron y vi cómo el chico entraba y se quedaba apoyado sobre una de las barras centrales mientras revisaba sus mensajes.


—   ¿No vienes? —me preguntó, elevando un poco la voz. Yo estaba medio petrificado, sin saber por qué, y lo único que se me ocurrió decir fue: — ¿Cómo te llamas? 


Las puertas aguantaron unos segundos más, a causa de un despistado que se había colado en el último momento. El chico no se sorprendió al plantearle aquella sencilla pregunta y, sonriendo, me respondió: — Me llamo Mario.


El metro comenzó a andar y yo me quedé allí sentado, algo embobado, mientras observaba cómo desaparecía de mi vista junto al resto de pasajeros.


Siempre se habla de los enamoramientos que uno sufre cuando viaja en el metro y que duran varios segundos o, con suerte, unos cuantos minutos. ¿Y si aquella vez era diferente? ¿Y si su respuesta era una señal para que yo actuara la próxima vez que coincidiera con él?


Aguanté otros seis minutos de espera y cogí el siguiente que llegó a la estación. Por alguna razón, mi instinto me obligó a bajar en Sagrada Familia y, al salir del coche, allí estaba él, sonriendo, como la última vez.