Abril.

Jengibre

Otro domingo que pasa. Abril se deja sentir en el aire. Un aire cargado de aromas que hacía tiempo no se sentían tan nítidos. Olor a tierra, a hierba, a flores empezando a brotar. A primavera. Sentada en el autobús, cierro los ojos y me dejo llevar por los aromas que entran por la ventanilla ahora abierta, cosas de esta pandemia. Con el aire primaveral, cálido y evocador, han entrado en tropel tantos recuerdos, recuerdos que creía olvidados. Recuerdos de otros domingos de primavera, sentada a tu lado, aprovechando el sol de la tarde calentándonos tímidamente, riéndonos por tonterías; soñando con un futuro que imaginábamos dorado y brillante. Planeando como serían nuestras vidas cuando fuéramos mayores y pudiéramos hacer todas esas cosas que nos estaban vedadas. Con tantas ganas de crecer, pero a la vez queriendo conservar nuestra niñez. Como intuyendo que eso de crecer no es tan fantástico como queremos creer. Sabiendo de alguna manera que se pierde algo muy valioso con el cambio. 


Abro los ojos, de vuelta a la realidad. Aquellos sueños, las risas, los planes que hicimos quién sabe dónde se han quedado. Ni siquiera recuerdo si llegamos a cumplir alguno de ellos. Los dejamos atrás sin ni siquiera ser conscientes de ello; como también se quedaron nuestras trenzas, las muñecas y los libros de cuentos. Crecer eso, dejar atrás un trozo de ti, sin darte cuenta siquiera. Hasta que una tarde cualquiera de un domingo cualquiera del mes de abril, sentada en un autobús, rumbo a reencontrarnos tras tanto tiempo separadas, un olor familiar me devuelve todo lo que el tiempo se llevó.