Luz u oscuridad

Babilonia

Era solo un vagón, paredes blancas y asientos azules. Puertas colocadas con su sentido más común, alineando a la gente tras ellas a banda y banda, como si de un artículo de la Constitución de tratase. Hacía ruido al parar, aunque no mucho, más bien era un ruido interno de esos que te balancean hasta devolverte a la realidad. Aquel día me tocó a mí. El breve recorrido de Diagonal a Sants parecía fuera de servicio. Y que si hubiera ido andando ya estaría en casa, y que si hubiera cogido el coche ya habría llegado. Y es que a nadie le gusta viajar en espacios cerrados con desconocidos, los detalles son más palpables, la gente se vuelve observadora de profesión y luego están los refunfuñones o los que no paran de hablar, esos son los peores. Y aunque el transporte público sea una congregación de diferentes ideales, la cúspide del pensamiento de todos los que lo toman es que el trayecto sea lo más rápido posible. Porque sí, un metro sí es interesante: los amores fugaces, el olor a sol incorporado en la piel de los turistas, el músico que te hace llorar con la canción que tu padre te enseñó, el que te pregunta cómo llegar a… Pero es un interesante de apellido breve, y fecha de caducidad próxima parada. Así que nadie se forja grandes expectativas al tomar este tipo de máquinas.


 


Al final todo son elecciones, así que decido evadirme del problema ferroviario y me permito salir del vagón para unirme a la multitud de pies andantes que se dirigen hacia la salida. Ante mí veo a un hombre tan viejo que parece no tener edad. Ya pasado el sobresalto, me doy cuenta de que el hombre de barbas largas y blancas lleva un traje como de fraile. ¿Pero Carnaval no fue hace dos semanas? Me mira. Se habrá percatado de mi rostro desconcertado. Se acerca. Me detengo sin tener claro el propósito. ¿Ayudarle si lo necesita o más bien defenderme si me ataca?


 


“No tengas miedo”, me dice. “No soy más que un experto en almas, y puedo ver la tuya con tan solo mirarte”. Hoy me ha tocado a mí aguantar al chalado de turno. “Y ahora dime: Si pudieses elegir entre permanecer en este lóbrego lugar para siempre o subir por esas escaleras y escapar al exterior, ¿cuál sería tu respuesta?” Eso sería como elegir entre poner todo tu empeño en sacarte un máster o escoger la vía Cifuentes, este tío está majareta. “Parece indiscutible, ¿verdad? Y, aun así, tu alma me dice que te aferras a la oscuridad de tu vida, a tu rutinaria y mustia vida”. Y tú que sabrás. “Un puesto de trabajo en las Big Four, cinco idiomas en tu currículum, tu propio ático en la gran ciudad, una maravillosa esposa… Todo eso está muy bien en LinkedIn o en las comidas de los domingos en casa de tus padres, pero ¿Y tu felicidad dónde queda? ¿Y tus ganas de vivir, de construir, de existir?" No me atrevo a articular palabra desde que ha comenzado su discurso, y encima quizás toda esta locura empiece a tener sentido. “Así que sal. Sube esas escaleras y sal. Sal de esta metáfora, sal a la calle, a tu nueva vida. Y vívela. Vívela como a ti, y solo a ti, te haga feliz”.


 


Estoy conmovido. Y es que en esta sociedad tenemos la realidad ante nuestros ojos y decidimos cerrarlos esperando a que llegue alguien y nos los abra. Por comodidad, por cobardía. Me abrazo a sus ahora amigables barbas antes de ponerme a correr. Dirección Balmes, veo la luz de esos 23 grados que caen sobre la Ciudad Condal, o quizás es que mi metáfora aún no ha terminado. Y es que al final, ni el loco está tan loco ni el afortunado tiene tanta fortuna.