Mírame a los ojos: el método Arrieta.

Venom

En el año 2020, ocurrió algo que tan sólo los más dedicados epidemiólogos, y quizás algunos fanáticos de las películas distópicas, podrían haber llegado a predecir: un virus, bautizado como COVID-19, asoló el planeta, transformándose con una rapidez vertiginosa en una pandemia mundial que trastocó la vida de toda la humanidad, y con éste, llegó un confinamiento domiciliario en el cual empecé a hablarle a nuestra iguana.


—Mira, Lola, hoy tengo que ver un documental para clase —el animal me observó impasible desde su terrario, y pestañeó muy despacio—. Va de unas hermanas que se comunican con la mirada, porque tienen una discapacidad, como la tía Andrea.


Entonces, sentí cómo algo llamaba a la puerta de mi vida, algo de importancia incalculable: el método Arrieta.


Mi tía, por alguna absurda broma del destino, nació sorda, y en julio del 2019 sufrió un accidente que la dejó en un estado de paraplejia y le limitó la movilidad de las manos, haciéndole muy difícil seguir utilizando la lengua de signos.


Después de ver el video, me pasé las tardes practicando. Cuando mi tía sufrió el accidente, dejó de poder comunicarse con las personas de su alrededor, y yo no podía evitar preguntarme: ¿Acaso no era aquello un acto violento? ¿Acaso no se consideraba violencia condenar al silencio y al aislamiento a una mujer que siempre había hablado tantísimo? ¿Por qué obviábamos la importancia de algo tan esencial, si el ser humano, por definición, era sociable? ¿Cómo nos atrevíamos a dar esa sociabilidad por sentada, si en cualquier instante podíamos perder el lenguaje? Y, ¿no era violento el que las personas discapacitadas tuvieran que pagar cantidades aberrantes de dinero por algo tan básico como era comunicarse? Y nadie decía nada al respecto excepto las propios afectados, que eran silenciados y olvidados sistemáticamente.


En cuanto el confinamiento terminó, empecé a coger cada día el bus que me llevaba hasta su casa, para enseñarle a Andrea todo lo que había aprendido. Se interesó enseguida, y fuimos avanzando con el tiempo, pero mis padres no acabaron de comprender qué se suponía que estábamos haciendo. Dijeron que para qué, si ya la entendían con el plafón, o cuando pedía agua o lo que fuera. Con ella acabé hablando de todo con los ojos, y así fue como mi confidente pasó de ser una iguana a una mujer, y cómo la línea de bus 59 se volvió mi favorita, porque me llevaba hasta ella. Un día, mientras practicábamos y tomábamos un té en su cocina, quiso enseñarme una de las flores que tenía, y me contó, con los ojos, que se trataba de una prímula. Me gustaba que cuidase flores, porque una vez leí por ahí que cuando alguien tiene algo que cuidar, se cuida a sí mismo.


Las prímulas, según tenía entendido, son de las primeras flores que nacen en primavera, así que son las únicas tan fuertes como para aguantar los restos del frío y duro invierno, y de esta forma animan a otras flores a hacerlo. Como mujeres animando a otras mujeres a hablar. Escuchándose unas a otras. Otorgándose un espacio seguro, libre de juicios o suposiciones. Un espacio únicamente lleno con amor y confianza. Sólo ellas siendo ellas. Nosotras mismas. Nada más que Andrea y Claudia.


Entonces yo firmé en el aire, tal y como ella me enseñó hacía ya años. Con las manos y la expresión del rostro, cubierto por la mascarilla, le dije: “Esas flores son como tú”


Y ella, tal y como yo le había estado enseñando durante estos meses, con el movimiento de sus ojos escribió en el aire: “Y como tú.” 

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