Camino a las barracas

Oscar Digar

Tenía 11 años y sujetaba una de mis muñecas favoritas. El suelo bajo mis pies temblaba a la vez que observaba a mis dos hermanos mayores, cargados con pequeñas bolsas donde se encontraba todo lo que llevábamos de nuestro hogar en Andalucía. Alrededor de ellos había decenas de personas de pie, ocupando esa cosa llamada tranvía que se movía por encima de una especie de serpientes de metal.


-Mami, mami ¿puedo ir a ver? - pregunté ilusionada refiriéndome a mi madre, que sujetaba mi mano con expresión triste. Según ella íbamos a una nueva casa en esa ciudad llamada Barcelona, yo estaba muy contenta por saber como se vería esa nueva casa, además quería que mi madre volviera a ser feliz como lo era cuando vivía papá.


-Está bien, pero no te alejes demasiado ¡que te pueda ver! -me dio permiso, dirigiendo una ojeada a los ventanales del tranvía, los cuales permitían que la estancia estuviera bien iluminada. Solté la mano cálida de mi mamá y caminé escurriéndome entre esos hombres trajeados que miraban a la nada con ojos vacíos, nunca había podido llevar ese tipo de ropa… Llegué a la ventana, no obstante, no podía visualizar el paisaje a causa de mi baja estatura. Coloqué mis pies de puntillas con tal de ver más allá, algo que conseguí entre equilibrios. Tan pronto mis pequeños ojos fueron iluminados por el sol de esa mañana brillaron como nunca lo habían hecho antes.


- ¡Qué hermoso! -exclamé, mostrando una sonrisa en mi cara emocionada. Más allá de la ventana en movimiento, se veía una enorme calle alargada, completamente pavimentada y llena de numerosas personas de todo tipo, altas y bajas, con trajes y vestidos, alegres y más serios. La calle estaba llena de pequeños kioscos y adornada por hermosos árboles enormes que escoltaban cada metro del pavimento, además a cada costado de esa bonita calle se movían monstruos de metal, lujosos hasta en su último detalle. Por último, unos enormes edificios tan altos como las nubes se alzaban limitando esa rambla llena de vida y jolgorios. Nunca había visto algo tan majestuoso.


Corrí de nuevo dirección a mi madre, abrazándola y hundiendo mi cara en sus piernas, ella me miró y preguntó:.


- ¿Qué pasa, hijita?


- ¿Vamos a vivir en una de esas enormes casas, mamá? ¡Son preciosas! -dije, dando pequeños saltos en su falda. Su rostro relajado se trastocó ligeramente, frunció el ceño y sus ojos se arremolinaron de una niebla que no comprendí en ese instante.


-No hijita, nosotros vamos a otro sitio; pero no te preocupes, estaremos bien -dibujó una sonrisa en su rostro, acariciando mi cabeza. Observé a mis hermanos, que giraron la cabeza huyendo de mi sonrisa despreocupada.


- ¿Adónde vamos? ¿A un lugar más bonito que éste? -pregunté en mi inocente mente.


Tras unos minutos el tren se detuvo y un hombre gritó que ésa era la última parada, las puertas se abrieron y el bramar del mar inundó nuestros oídos, habíamos llegado…


Bajamos del tranvía y caminamos un poco.


-Esta es nuestra nueva casa -expresó mi madre al pie de una playa, yo troté hacia ella llegando al mirador.


¿Vería enormes edificios y casas frente el mar? ¿Habría gente vestida de manera elegante? ¿Música en las calles? ¿Coches lujosos?


No… no había nada de eso, solo un páramo, un páramo lleno de barracas y desolación.


Mi sonrisa desapareció y nunca volvió…

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