METRO A LAS ESTRELLAS

JAZZ

Anoche no podía dormir y estando en la cama daba vuelta y más vueltas. Al final, me levanté y me vestí. Me puse el anorak y salí a la calle.


El cielo estaba estrellado y la Luna iluminaba como si fuera un gran farol suspendido en el aire. Pasé por delante de una parada de metro y oí que sonaba una música muy alegre y desconocida. Entré y un agente muy amable me dijo: “Pase, señora, que hoy el viaje es gratuito y seguro que le gustará mucho”.


El andén estaba lleno de flores y las vías resplandecían como si fueran de oro. En aquel momento llegó el tren, un tren pintado de color rosa y dorado, y entré. Íbamos pocos pasajeros, ya que supongo que la mayoría de gente estaba durmiendo en sus casas.


Sonó el silbato y una voz en off dijo: “Cerrando puertas”, y aquí empezó el viaje más extraordinario que os podáis imaginar.


Al principio el tren iba despacio, pero poco a poco empezó a tomar velocidad. Las vías se desprendieron del suelo, el techo se abrió y empezamos a volar. Pasamos junto a las estrellas, que tenían cara y brazos y que nos saludaban sonrientes. “Próxima estación: La Luna -dijo la voz en off-; Abriendo puertas; señores pasajeros, no tengan prisa: les esperaremos”.


La Luna estaba preciosa: era Luna llena. No era ese satélite polvoriento por el que vimos caminar a un astronauta, sino que era de un material blando pero sólido. Los lunáticos, (pues así nos dijeron que se llamaban), nos recibieron con grandes muestras de alegría y nos hicieron un recorrido turístico de lo más ameno.


En una vitrina tenían una bandera americana que, según dijeron,  habían encontrado clavada de mala manera en el suelo, y como les gustaron sus colores, la habían reproducido en unos papeles que encontraron por el espacio, y de recuerdo nos dieron una banderita a cada uno.


Más tarde, nos acompañaron al tren y se despidieron prometiendo que algún día vendrían a la Tierra para conocer al resto de los humanos. Les dimos las gracias por sus atenciones y volvimos a subir al tren, no sin antes advertirles que en la Tierra también había lunáticos, pero que no eran como ellos.


Cerrando puertas. Próxima estación: Joanic”, dijo la conocida voz. Las estrellas volvieron a saludarnos, y  las más sensibles lloraban al despedirse. Las vías de oro esta vez descendían vertiginosamente hacia la Tierra.


Me desperté en pijama y en mi cama. ¡Ah! Y el banderín de recuerdo no lo he encontrado jamás.


 

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