La Muntanya Màgica

Mycroft Holmes

Cuando subo en el funicular ya siento un impulso diferente. Claramente he traspasado un límite que no sé explicar.


El caso es que al levantar la vista, ya enfilando las últimas estribaciones de la montaña, me pareció ver una especie de halo nebuloso provisto de forma; una forma inconcreta.


Sin embargo, no tarda en hacerse más preciso, pero sin dejar de ser difuso, cuando piso la pequeña ciudad mágica de aquel encanto atemporal. Abajo esa vista sobrecogedora de la ciudad de Barcelona y su mar, que abre infinito al mare Nostrum.


Una señora, con una flor en la mano, vestida con ropa del XIX, me sorprende con un clavel y me desea buen día. Y al girar mi paso no tardo en darme cuenta de que la gente que me rodea viste igual. De repente me asusto pero, pero para mi enorme sorpresa, un escalofrío me recorre la columna vertebral. Un gran cartel, encima de la entrada principal al parque, dice: “29 de octubre de 1901 – Inauguración Parque de Atracciones del Tibidabo”.


Un Cor de Clavé anima la mañana a los cientos de ciudadanos que han acudido a disfrutar de aquellas ingenierías imposibles, de aquellas básculas automáticas, los espejos cóncavos y convexos, telescopios, columpios…


Yo me quedo alucinado con los autómatas. Hay algo sobrenatural en esas máquinas que parecen infundidas por la propia alma de los humanos.


La nube de niebla lo envuelve todo, pero muy sutilmente; ni siquiera impide el paso del sol que parece dar más alegría aún a la gente humilde que llena el parque, que ríe con sus hijos, que comparten atracción como si fueran niños también.


El Gran Café Restaurante el Tibidabo me cede una mesa en la que degusto un menú mientras respiro un aire único, de montaña, que casi hace daño al respirarlo de puro, y me dejo llevar del agradable regusto de la digestión e incluso cierro los ojos empapado de brisa y sol que no molesta.


Y con una sonrisa boba, con una paz inusual despierto en mi asiento del vagón de metro que ya se acerca a Plaça Catalunya. Por alguna razón inexplicable ya es de noche, el vagón está bastante vacío y una niebla con vida propia que viene del final de mi vagón me pasa por el lado, me impregna de frescor y se va tras de mí. La voz del metro me anuncia la llegada a la estación.


Camino por los pasillos del metro y salgo a la calle. La ciudad de Barcelona luce en una noche calmada de verano, con el calor justo. Instintivamente meto la mano en el bolsillo exterior de la chaqueta y toco algo que saco y miro. Tengo en mis manos una tarjeta postal. Parque de Atracciones del Tibidabo “Inauguración”.


 

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