El metro y tú

Noal Carbono

Las puertas se abren. Entras antes de que los pasajeros se puedan apear en su respectiva parada. Chocas con el hombro de uno. No llegas a verle la cara, pero igualmente lo maldices por lo bajo. Acto seguido, veloz como un guepardo hambriento de venganza, te abalanzas sobre el único asiento disponible para que nadie te lo arrebate. Cruzas los brazos. “Otro día igual. ¡Qué pérdida de tiempo!”, piensas, por no gritar algo peor y que todos te escuchen. 


Estás impaciente. En la siguiente parada, se sube una mendiga y empieza con su mismita tontería de siempre. Expresa que tiene estudios, pero que no le han valido para encontrar empleo. Sacas el móvil y no le prestas atención. Tu dinero es tu dinero, para eso te lo has ganado. Y tú sí que tienes estudios de verdad. 


En la siguiente parada, un chico que aparenta tu misma edad no consigue entrar a tiempo al vagón y se le cierran las puertas. “Hay que ser rápido en la vida. Sobrevive el más fuerte”. Vuelves a centrarte en la pantalla del celular. No tienes tiempo para ocuparte de la desesperación de los demás. Tu situación ya es demasiado, para encima más.


Por fin, después de una eternidad, llegas a tu destino, sí, ¡por fin!, ¿contento? No, seguro que no. Ya no eres el mismo que hace años, aquel niño que disfrutaba con el traqueteo del metro junto a sus padres, aquel que saludaba a todos a quien veía, aquel que sonreía al conductor. Eras tan inocente que te sentías uno con el metro. Te creías el metro. No podías despegarte de él.


Un año después. Nada ha cambiado desde entonces. Toca volver al trabajo, el mismo infierno. No eres feliz. Ser adulto es lo peor. Pasas la tarjeta. Sabes, por el chirrido del frenazo de las ruedas, que el tren está llegando. ¡Rápido! Si no, perderás el empleo, ¡y eso nunca! Bajas corriendo por las escaleras. Te chocas con una mujer mayor y casi la tiras al suelo. No te vuelves a preguntarle si se encuentra bien. Suena el pitido. El tren se va. Casi llegas, pero se te cierran las puertas en las narices. “¡Otra vez no!” Escupes y le deseas la muerte al conductor. 


Pierdes tu empleo, ese por el cual tanto luchaste, por el cual mentiste en tu currículum, por el cual bailaste, emocionado, ayudándote de la barra de agarre. 


Coges el metro por última vez para regresar a casa. Como hasta hace unas pocas horas, mientras introduces la tarjeta, lo oyes llegar. Desciendes corriendo las escaleras. ¿Por qué tanta prisa si ya lo has perdido todo? Ni tú lo sabes, pero piensas que la impaciencia, la cólera y la rabia se pueden calmar así. Suena la alarma otra vez. No llegas y se cierran las puertas. Miras hacia el techo y resoplas. Quieres llorar. Los pasajeros del interior no te prestan atención. Sus miradas están demasiado ocupadas en las pantallas de los móviles. Son como tú.


Sin embargo, la conductora te concede una oportunidad. Aún hay tiempo. Te abre las puertas solo para ti. Te sientes amado por una vez en la vida. Eres uno con el metro. Te tranquilizas con el traqueteo. “¿Quién será la conductora?”, te preguntas, porque te sonaba su cara. No te esperas que, cuando bajes en la próxima parada de forma accidental, esa misma maquinista que hace un año fue aquella mendiga hará que seas el mismo niño de años atrás.


 


 

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