Cuando el plástico deja de ser útil

Oportunidad

Con los dedos pegados al cristal observa, absorto, a los demás niños. Están metidos en una especie de habitación alargada que se balancea. Se ríen y chillan, mientras corretean.


—Es el interior del metro de Barcelona. —le especifica.— La línea lila, la L2, rumbo a Sagrada Família


No entiende lo que quiere decir. ¿Metro? ¿L2? ¿Sagrada Família? Barcelona, aún aún, sí.


De repente, los niños salen a la superficie. Un edificio enorme de formas extrañas y puntiagudas se eleva hasta los cielos. Después aparece un parque repleto de árboles y matorrales. Para su sorpresa, no está quemado. Los niños juegan, sonrientes, revolviéndose en una danza exótica que nunca ha visto. Acto seguido, devoran, a ritmo frenético unas patatas fritas muy diferentes a las que preparaba mamá. Las sacan de bolsitas de lo que parece plástico. Cuando terminan, se desprenden de ellas tirándolas al suelo. Han dejado de ser útiles. 


Le divierte el brillo de la escena. Se emociona. Todo (los edificios al fondo, la fuente, el parque, la felicidad) se erige intacto. 


—Es la sociedad que vive más allá del mar —le dice el soldado, solicitando con un gesto manual que le devuelva su móvil— Era un vídeo de mis hijos jugando con sus amigos, después de salir del colegio.


‘‘¿Amigos?’’, ‘‘¿colegio?’’, no comprende.


 —Aquellos días en los que cogíamos el metro… ¡Qué recuerdos! La gente, allí, en Barcelona, no suele valorar las oportunidades de la vida. El metro, el transporte público, el parque, la paz, cosas tan simples y tan complejas de conseguir a la vez, son un gran regalo. ¡Lo echo tanto de menos! Créeme, es mejor vivirlo en persona. 


Hace una breve pausa y, a continuación, prosigue:


—Volveremos, algún día, y os traeremos un futuro digno, con metro, autobuses, todo lo que podáis soña. —le promete, alejándose con una sonrisa dibujada en la cara.


El niño apenas ha entendido nada de ese hombre que balbucía en una lengua extraña, pero, desde hoy, se considera el niño más feliz del mundo. Su mayor deseo: montarse en esa habitación alargada que temblaba llamada “metro”. Ha descubierto algo por lo que seguir viviendo. 


 


 

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