Autobús al cielo

13 musas

Hace cien años te conocí en un autobús. Entre gritos y lágrimas llegabas al mundo y transformabas un día cualquiera en un recuerdo eterno. Sin nombre aún, pero inolvidable para todas esas personas que ayudaron, por sorpresa, a una embarazada dando a luz. Fuiste un milagro. Y también un impaciente. Querías que fuera en ese instante, justo en el autobús que ahora lleva firmado tu bello nombre. 


No lloraste, pues bien sabías que llegar hasta allí en ese lugar era algo para celebrar. Poco te importó que tus primeras fotos salieran en los medios y que todos dijeran que eras un glotón. 


Rompiste agua, esquemas y corazones con tan sólo unos segundos de vida. Tu madre ya sabía que ese niño sería tan especial que quebraría cualquier medida. 


Un pequeño capaz de nacer y vivir en el mismo lugar. Tus cientos de viajes como conductor de ese mismo autobús no lo pueden negar. Llegaste y ya te hiciste con el control, nadie imaginaba que treinta años después serías el propio conductor. 


Y yo hoy te miro orgullosa, Pablo, pues aunque tú poco me recuerdes yo fui la bisabuela que te acurrucó en aquel asiento de ese inolvidable autobús. Desde entonces no he dejado de mirarte y he pasado toda otra vida viéndote llegar a cada estación. 


Hoy, cien años después, se termina el tiempo; y es mi propio egoísmo el que da gracias a dios. Hoy es el día en el que nos reunimos, en un autobús directo al cielo, tú y yo.

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