LA CHICA DEL METRO QUE LEÍA A BUKOWSKI

Hank Chinaski

Esa chica está leyendo a Bukowski. A mí me encanta Bukowski. Somos el uno para el otro, ¿no? Es axiomático. Tengo que decirle algo, tiene que saber que el amor de su vida está sentado en el mismo vagón que ella. Citar una frase del libro que lee podría estar bien. Es La senda del perdedor. Sólo puedo pensar en el joven Henry Chinaski gritándole a su amigo «¿Dónde está tu madre? ¡Voy a follarme a tu madre!», la primera vez que probó el alcohol siendo un preadolescente. Creo que no es agradable romper el hielo así. Además, aunque nunca se lo diría de esa manera, con quien querría acostarme sería con ella, no con su madre. Creo que Bukowski tenía cierta obsesión con las madres de sus amigos. Con eso y con las piernas femeninas. A mí también me encantan las piernas de las personas que considero atractivas. Sin embargo, nunca me han gustado los tobillos. En ninguna pierna queda bien un tobillo. Ese apéndice óseo perdido en tierra de nadie: entre la patulea de metatarsos que gobiernan el empeine y el eterno tango de tibia y peroné. Como articulación, debo confesar que mi favorita es la muñeca. Tiene lo poquísimo bueno que hay en un tobillo, pero sin todo lo malo. La muñeca es delicada desde su nombre hasta su función: hace encajar orgánicamente la belleza sibilina de una mano con la parca y contundente labor del brazo, que arrastra lo bienvenido y repudia lo innecesario con la misma elegancia. La chica del metro que lee a Bukowski tiene unas articulaciones preciosas. No me atrevo a mirar sus tobillos; pero sus rodillas cruzadas, sus hombros tan inclinados hacia delante, sus codos encajados en uno de sus muslos y las muñecas sujetando el liviano pero incalculable valor de la buena literatura son bellísimas obras de arte. De hecho, todo en ella es artístico. La luz tenue de los fluorescentes del metro se proyecta en su piel muy delicadamente, como temerosa de dañarla. Julio Ramón Ribeyro decía en una de sus prosas apátridas: «Apollinaire habla de las Siete Puertas del cuerpo de una mujer. Apreciación arbitraria. El cuerpo de una mujer no tiene puertas, como el mar». Ahora que ha mirado por la ventana ha visto que ya hemos llegado a la estación de Drassanes y ha cerrado su libro, pero aún no se ha levantado. ¿A qué altura de la infancia de Bukowski se habrá quedado? Su silueta es preciosa: nítida, refulgente y apolínea. Será también efímera si no averiguo nada de su persona. Somos Marlon Brando y Maria Schneider en la capital francesa, pero Bertolucci aún no nos ha enseñado el final del guion. ¿Puedo romper el hielo con eso? Quizá sea un poco agresivo. O demasiado anacrónica como metáfora. Debo actualizar mis referentes si quiero que surtan efecto. No puedo permitirme ningún fallo en mi primera frase, debe estar a la altura de ella. Se levanta, va a bajar. ¿Qué hago? Me está pasando lo de siempre: mi lengua, torpe incluso en el contexto más anodino e irrelevante, se convierte en un amasijo de carne rígido e inútil en momentos como ese. Le he espetado a la cara, alto y contundente, un sonido extraño y desagradable. Una onomatopeya que, de querer decir algo, no sería nada bueno, ni mucho menos bonito. Soy imbécil. Me condena al ostracismo con unos ojos preciosos pero fieros e inclementes. Sigue su camino hacia la salida mientras suenan los pitidos intermitentes del cierre de puertas. Más que sentado, estoy abatido en mi asiento, vencido. Vuelve Bukowski. «¿Dónde está tu madre?». Me río, como siempre me pasa cuando pienso en él.


 

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