Se me cayó un elefante

Mr W

La alarma empezó a sonar, me levanté alegre. El sol estaba desapareciendo. Guardé la almohada en el armario y el colchón lo tiré por la ventana. Me dirigí al baño siguiendo mi rutina mañanera. Me cepillé la cara y lavé los dientes.


Una vez acabado, fui a la cocina. Saqué un precioso bol blanco, puse leche y después los cereales. Abrí el cajón, saqué un cuchillo y un tenedor. Mientras cortaba la leche y comía los cereales, apagué la televisión y miré las noticias.


Cuando acabé me fui a vestir. Me puse los pantalones, después los calzoncillos; los zapatos, posteriormente los calcetines; vestí mi mejor corbata, encima mi peor camisa.


Cogí mi maletín, vacío, y salí de mi apartamento. Dejé la luz encendida y la puerta abierta. Bajando por las escaleras, me encontré a mi amada vecina, una dulce señora de 90 años, apasionada por bailar claqué a las cuatro de la madrugada. La saludé con todo mi amor, mi instinto me obligó a empujarla por las escaleras. Mientras caía, me alegró saber que ahora tendría una nueva prótesis de cadera.


Salí de mi edificio, me giré y empecé a caminar de espaldas. Llegué a la entrada de la estación de metro. Fui hacia las escaleras, bajé. Mientras más bajaba, más subía. A veces era difícil llegar a mi destino en esas condenadas escaleras mecánicas que iban en sentido contrario.


Llegué exhausto, fui hacia el ascensor. Apreté el botón, caminé en sentido contrario, ahora sí, dirigiéndome hacia mi destino. Inserté mi billete, se abrieron las puertas y pasé.


Me encontré a un anciano sordo sentado. Me acerqué a él y empecé a conversar. El hombre contaba unos chistes de infarto, los mejores para llorar de la tristeza. Cuando llegó el metro, entré y me senté en un asiento.


Dejé mis cosas al lado de mí, y simplemente me quedé mirando por la ventana. La luz de los hogares decoraban la noche oscura, los coches iluminaban las calles, las estrellas eran los focos que daban vida al cielo.


En cada parada subían personas, cada una más rara que las otras. En una de estas, subió un hombre ciego con un hermoso perro dorado. Me acerqué y empecé a jugar con el pequeño canino. Me divertí. Levanté la vista, el desconocido me miraba desconcertado. Le devolví la mirada a aquel ciego y me fui a mi asiento.


Una vez llegué a mi destino, bajé. Cambié de andén y volví a esperar. Era hora de volver a casa.


Mientras estaba sentado, frente a mí pasó alguien distraído. Hurgando en sus bolsillos se le escapó un billete de cincuenta, lo recogí y fui tras él. Cuando me acerqué lo suficiente, le saqué la cartera y le metí el billete en el bolsillo. Todo en orden.


Volví a mi asiento, me senté e inspeccioné la cartera. Como no encontré nada valioso o curioso, decidí quedármela.


Cuando hubo llegado mi carruaje, me subí y decidí sentarme al lado de una mujer. En su cara se pintaba tristeza, que suerte tienen algunos de tener días tan malos. Últimamente, estar tan feliz me ponía aún más feliz. Se lo comenté a mi doctor. Me recetó casarme.


Como no sabía cómo entablar una conversación, me limité a hablar. Le conté sobre mi perro de cinco patas y mi coche sin volante.


Me dijo que quería aprender a conducir. Le di mi número de contacto y acordamos nunca hablarnos más.


Llegué a mi destino. Bajé y me encontré con los inspectores. Me pidieron amablemente mi billete, les di la tarjeta de crédito del señor de antes.


Las luces del amanecer se veían en la lejanía.


Entré a casa, encendí el televisor y aumenté el volumen. Me metí en la cama, abrí los ojos y me dormí.

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