En tres segundos

Papaya

Mi línea preferida es la 5, sin ninguna duda. La más turística, suelen decir mis compañeros, y no les falta razón. Es de las más concurridas, sí, pero justamente por eso me encanta. Cada vez que me aproximo a Sants y veo a gente con maletas empezando sus vacaciones, me siento bien. Como si estuviera haciendo algo importante. Aun así, mi estación favorita es Sagrada Familia, sobre todo en horas punta. Mis amigos creen que es por ella, pero la verdad es que esta parada me gusta desde mi primer día, hace ya cuatro años.


Nos cruzamos hace unos meses en esta estación, yo conduciendo en dirección Vall d’Hebrón y ella hacia Cornellà. Nos vimos durante esos escasos tres segundos en los que solemos saludarnos los conductores y supe que no iba a poder olvidar esos ojos marrones verdosos preciosos. Terminé mi turno casi como un robot, sin poder pensar en otra cosa que en ella y la sonrisa que escondía bajo la mascarilla blanca.


Pregunté hasta la saciedad a todos mis compañeros, incluidos aquellos con los que nunca había hablado, y nadie supo decirme quién era la chica misteriosa. Y la vida siguió. Continué con mi trabajo con diligencia, sin perder la esperanza de volver a verla, sintiendo como mis latidos se aceleraban cada vez que me aproximaba a Sagrada Familia.


Volví a verla al cabo de unas semanas, del mismo modo, pero con las direcciones intercambiadas. Tres segundos de contacto visual y una sonrisa gracias a una mascarilla medio bajada que sirvieron para imaginarme un futuro con esa joven de pelo castaño.


Pregunté de nuevo a cualquier persona con la que me cruzaba, en vano; nadie sabía nada de ella. Era como si sólo existiera durante esos escasos instantes en Sagrada Familia. No parecía participar en cenas improvisadas con pizza o hamburguesas, ni estaba en ningún grupo de WhatsApp. Un amigo se ofreció a acompañarme en mi ruta en uno de sus días libres, para poder ver a la joven misteriosa e intentar ayudarme en su búsqueda, pero decliné la invitación educadamente.


La tercera y última vez que nos cruzamos le sonreí abiertamente a la vez que saludaba con la mano, a lo que ella me correspondió. Pude ver bien su sonrisa casi perfecta, o las pequitas alrededor de su nariz. Y, antes de darme cuenta, desapareció dentro de ese maldito túnel que no hacía más que separarnos.


No nos volvimos a ver. Mis amigos dicen que me la imaginé, que es imposible que exista y que nadie sepa darme información sobre ella. A veces creo que tienen razón y que no fue más que un espejismo, una alucinación provocada por mi soledad. Quizás esa chica no existe y solamente fue producto de una imaginación desatada. O puede que solo sea una chica anónima que consiguió emocionar mi corazón y recordarme lo bonito que es querer.

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