La memoria apagada.

Ivanhoe

23 de abril de 1954.


-¡Corre Anselmo, corre! -gritó el niño saltando la pared de la casa. En su mano llevaba unas cuantas rosas.


-Pero cómo se te ocurre colarte en casa de la señora Carmen y robarle las rosas de su patio. ¡Nos fusilarán por esto!


-No digas tonterías -dijo su amigo, tajante- a los niños no les fusilan, y la señora Carmen no estaba en casa. Sólo he arrancado seis, es posible que ni las eche en falta, así que: ¡sigue corriendo!.


-No tienes remedio Pep, ningún remedio.


 


23 de abril de 2022.


La alarma del tren sonaba en todo el andén de la estación de Urquinaona.


-Tren 107 a centro de control de metro, acaban de tirar de un tirador de alarma en el segundo vagón. Voy a ver qué pasa y a reponerlo -comentaba el conductor por la radio del tren.


-Buenas, joven. He sido yo quien ha tirado de la alarma. Este hombre dice que anda desorientado, que no sabe cómo llegar a su casa -dijo un pasajero, señalando a un hombre mayor con la mirada perdida en el asiento.


-¿Cuál es su nombre, caballero? -preguntó el conductor.


-No lo recuerdo -dijo el anciano con gesto serio, y de manera instintiva se llevó la mano al bolsillo de su camisa sacando una tarjeta con un nombre y un número de teléfono.


Treinta minutos después del suceso en el metro, Pep estaba tomando una infusión con su amigo Anselmo en una terraza de Plaza Urquinaona.


-Menos mal que a tu hija se le ocurrió de meter una tarjeta con mi número en tu camisa, sino aún estarías dando vueltas en el tren de la línea 1.


-Me gusta viajar en metro, me aporta paz -le reprochó Pep, bruscamente.


-Bueno, tranquilo, no te estaba atacando -dijo su amigo con tono suave. Era consciente de que la enfermedad de su amigo de un tiempo a esta parte le había irritado el carácter, y que se ponía a la defensiva a la más mínima. Desde que murió su mujer su enfermedad se había agravado.


-¿Por qué has vuelto a coger esas flores del patio de la señora Carmen? -gritó Pep, observando por primera vez las dos rosas que estaban encima de la mesa al lado de su amigo- ¿es que quieres que nos fusilen?


-Mira a tu alrededor, Pep -le susurró Anselmo -estas rosas las he comprado para ti. Toda Barcelona está llena de ellas, hoy es Sant Jordi. Y te recuerdo que eras tú el que te colabas en el patio de la señora Carmen para arrancar unas cuantas mientras yo te esperaba afuera, asustado por si nos veía algún vecino.


-Siempre han sido mis flores preferidas -contestó Pep.


-Lo sé, amigo mío, lo sé -contestó éste dándole una palmadita cariñosa en la mano.


Es curiosa esta maldita enfermedad que permite que recuerdes cosas de hace tantos años y no te deja acordar  de lo que hiciste hace un minuto, pensaba Anselmo mientras emprendía el camino hasta el metro, después de haber acompañado a su amigo hasta la casa de su hija.


 


1 año después.


-Su amigo Anselmo ha venido a verle -comentó la enfermera de la residencia, empujando la silla de ruedas donde iba sentado Pep -en una hora vendré a buscarlo- dijo, antes de cerrar la puerta.


-Te he traído rosas, las dejaré en ese jarrón.


Pep sólo se limitó a observarlo y de repente le guiñó un ojo a modo de saludo. La enfermedad había avanzado sin miramiento alguno, por no recordar no recordaba ni lo que era hablar ni caminar, pero una cosa estaba clara, a él, a su amigo de la infancia, aún no lo había olvidado.


Su memoria no se había apagado del todo.


 


FIN


(Dedicado a todas las personas que sufren o han sufrido Alzheimer, en especial a mi abuela).


 

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