ENTRE LÍNEAS

Lotta Mörla

Yo que tú me amaría, llamaría,


no perdería tiempo, me diría que sí.


—Juan Vicente Piqueras


 


Yo que tú, el 23 de abril de 2022 me diría que sí. No me dejaría intimidar por el cielo. Metería Lo prohibido de Berbel, en el bolso. Me llevaría a pie hasta Hostafranchs. Me metería en la línea roja. Miraría el minutero verde: diecisiete, dieciséis: ENTRA. Yo que tú me metería sin dudar. No es de agrado un apretón de puertas inesperado. Me buscaría un buen lugar donde sentarme. Si no hubiera donde reposar las nalgas, buscaría una esquina amable, donde recuperar Lo prohibido en la página 281. A la mitad, leería: “Dice: mira, la vida nos sonríe.” Pensaría, a mí también. Más adelante me estremecería:


“11 de julio


Comprender. El esfuerzo inicuo de comprender. Abrazar hasta que la noche nos aclame y rebaje el temor. Eso hago. Hacer el amor tanto que parezca un silbido en la tierra.”


Pensaría en hacer el amor hoy también. Intentaría no ensoñarme demasiado. En cuatro paradas, tienes que bajar. Yo que tú, no sacaría el móvil, no me metería en Instagram. Volvería a las líneas de Berbel. Aprovecharía lo rojo de la línea, quedarme en el color de lo prohibido. Quisiera llegar leída. Colmar la lectura con la firma. En Catalunya se te caerían los ojos en otro libro: “Estar sola con el libro aún no escrito es estar aún en el primer sueño de la humanidad”. Me preocuparía de saber quién habla, quién escribe. Llegarías a Urquinaona. Pitarían las puertas: “bájate, bájate ahora”. Guardaría Lo prohibido en la axila derecha. Caminaría por Trafalgar hasta el Pasaje Sert. El cielo cada vez más tenso. Desembocarías en Sant Pere més Alt. Contigo, se abrirán las nubes, te alcanzarán las primeras gotas. Llegarás a tiempo a la Llibreria Pròleg. En el zaguán están las escritoras. Os volveríais a ver el milagro: los gritos: “és calamarsa!”. Y luego el silencio del estupor climatológico. Al recuperarme del pasmo, dejaría que ella me firmara Lo Prohibido. Que ella dijera por undécima vez: “yo la llevaba a la guardería”.


Yo que tú, mientras esperas que el granizo mengüe, que regrese la lluvia y remita, sacaría el móvil. Retrataría lo que no está prohibido. Pensaría otra vez: la vida nos sonríe. Retomaría las líneas del pavimento del Born. Llegaría llovida al Bar Brutal. Tomaría un café, terminaría Lo prohibido. Miraría la calle desde el ventanal. Desearía hacerme del tamaño del granizo. Sentarme en el cabello de esa mujer. Leer desde ahí Los papeles salvajes de Di Giorgio: “Quedé pasmada, hechizada. [...] Esa uva color perla, traslúcida, radiosa [...], rojas manzanas, un caracol blanco […]”. Pensaría que el día viene hechizado. Me metería en Jaume I. Aprovecharía la única parada amarilla para robarle una línea la señora de al lado: “Te vi/ me dio calambre/dime cuál es tu Dios/para afiliarme”. Cruzaría por las entrañas de plaza Urquinaona hasta la L1. En el vagón rojo, encontraría dónde poner las nalgas. Yo que tú sería indiscreta. Dejaría caer de las pupilas en otro libro ajeno. Leerías: “siempre tuve deseo de ser hombre/ gato adoquín insecto obra maestra/ madera de violín partitura/ […]”.


El lunes irías al trabajo en bici. Soñarías: saber leer y pedalear a la vez. Aprovechar el trayecto. Antes de tener un accidente mental con libro, bici y transeúnte lector, entrarías en el despacho. Volverías a la mesa, al teclado. Te perderías entre las líneas, las de tinta, y las de colores. Escribirías esto. 


 


 


 


 


 


 


 

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