Un tren de olvido
Todos conocemos el eco de las historias de aquel tren que deambula por las vías de la estación de Correos, cuya carga humana no baja en estación alguna. Pero solo yo las conozco de primera mano.
— Silencio. Ya viene.
El 20 de Marzo de 1972 Alberto Romancés desapareció sin dejar rastro frente a un gigante de metal cuyo recorrido no estaba planeado. Su recuerdo caería en el más triste olvido, sin familia, sin amigos, sin memoria.
Yo estuve ahí, helado en este banco de granito, inmóvil, expectante, como siempre lo estaba. Estuve ahí cuando Romancés desapareció, como tantos otros. Como lo estoy ahora.
La idea de que un tren sin tripular abordase aquel oscuro andén para reclamar almas vacías, sin voz, sin vida, suena absurda. Tan absurdo que no lo comprendí hasta que llegó mi turno, cuya llegada temí desde temprana edad; temor, aún así, que no pudo concebir lo que esperaba en ese tren.
En otro tiempo, tiempo que aún recuerdo, este triste andén se llenó de vida, de voz, de ruido. Memoria de la que quedan solo almas, recuerdos y silencio.
Lo cierto es que hace tiempo que solo estaciona un tren, un tren de olvido, en la terminal de Correos. Pero el tiempo; el tiempo transcurre extraño ahora.
El tintineo del metal empezó a abordar el sepulcral silencio, un temblor que solo aquel enorme monstruo de metal podría generar hacía desprender el poco pigmento que yacía sobre las letras de Correos, cada vez más alto, más fuerte, más cercano. Una llegada inevitable que próximamente inundaría el andén de polvo, ruina y recuerdos.
Los ojos de la bestia iluminaron la estación, ya antigua, olvidada, mientras un estridente pitido anunciaba su llegada, siempre puntual, en este 20 de Marzo.
— Tu tren ha llegado, Alberto. No puedes seguir huyendo.
Supongo que yo también dejé de existir el 20 de Marzo de 1972 cuando un tren lleno de almas se llevó a Romancés, cuando yo fui condenado aquí; cuando la estación se transformó en un efímero recuerdo y cuando finalmente, las almas perdidas encontraron un nuevo andén que recorrer, en el pozo del olvido. Cuando dejé de recordar, para siempre.