SENTADO EN EL METRO

El brujo de la escoba

 


Subí al vagón que, al no ser hora punta, tenía asientos vacíos. Me acomodé en una parte que tenía asientos libres. Buenas tardes-dije-. A lo que sólo me contestaron una pareja de persona mayores que yo. El resto, como es habitual hoy día, ni me miraron.


Como soy de la generación “baby boom” no voy pendiente del móvil de modo continuo, prefiero observar. Y como hago en muchas ocasiones para matar el tiempo de aguardo, me puse a fabular sobre la vida de mis compañeros de trayecto, vida que yo imagino. Reconozco que siempre me ha gustado fabular, pero siempre después de observar. Quizás la fabulación no sea neutra, si no sesgada por mis vivencias.


Frente a mí estaba una mamá con una niña de unos diez años, la madre sobre los treinta. Me sorprendió la madre: no tenía el móvil en uso y hablaba con la que yo supongo era su hija. Por sus gestos y el tono de voz la quería educar con cariño, lo que podría ser una confirmación de mi hipótesis de que era la madre.


 Ambas vestían de forma decorosa, al día, pero sin estridencias. Limpias las ropas y los cabellos, las dos recogidos en coleta de corta longitud. Ella, la madre, podría tener casi cualquier profesión: maestra, abogada, trabajadora en un supermercado, etc. No supe ni por el aspecto ni por la forma de vestir y expresarse discernir más allá de lo escrito. Lo mismo con la niña.


La madre, sin ser guapa, tenía un rostro agradable, con facciones que transmiten un cierto cariño. La niña era bonita, es difícil no imposible, que un niño de diez años sea feo.


A su izquierda, frente a mí estaba sentada una joven que calculo -soy muy malo para eso- tendría unos veinte años.


 Muchos tatuajes a la vista, por lo menos nueve, y supongo más tapados por la ropa. Un arete en el surco naso labial (siempre me he preguntado cómo se suenan las personas que llevan esa nariguera).


Estaba, supongo por los movimientos, tecleando en el smartphone a dos manos y varios dedos- habilidad que no poseo - y con auriculares inalámbricos. Hice un cálculo rápido y muy posiblemente erróneo. iPhone más auriculares más tatuajes a la vista: 1.000€ +200 €+ (9*150=1.350 €: Total 2.550 €.


No supe inferir si trabajaba o no, por la hora podría ser que no, pero… ¡De alguien tenía que proceder el importe calculado! Vestía “as usual”: pantalones deshilachados, sudadera con capucha, deportivas con plataforma exagerada y todo, de cabeza a pies, negro. La imagen era de poco aseo, pero igual se duchaba a diario, desde la distancia no podía yo olfatear. Lo positivo es que no contaminaba acústicamente.


A su izquierda sentado un hombre de mediana edad. Con esa barba que no se sabe si es por pereza de afeitarse a diario o porque está de moda. Vestido con unos tejanos, camiseta debajo de un jersey algo ajado y calzando unas deportivas. Llevaba una mochila, sustituta del maletín de antaño, que podría contener cualquier cosa un pc a carpetas varias.


 También móvil en las manos, pero sin tanta actividad como la chica. Difícil vislumbrar oficio y estado civil. Aunque me gusta observar, siempre respeto la intimidad. Nunca me he levantado para ver la pantalla de nadie. Poca información me daba su aspecto, era un hombre estereotipado, de los muchos que viajan en el metro, sea por trabajo o por cualquier causa.


Llegué a mi estación. Todos siguieron sentados y prosiguiendo viaje. En otras ocasiones he sido más hábil y obtenido más información. Pues la actitud y la vestimenta de los viajeros daban más pistas para elucubrar.


 


 

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