Entre las sombras de Lesseps
Aquella noche la luna se escondía tímida tras un nudo de nubes, Barcelona quedó aún más oscura. A las once y media llegué a mi nuevo puesto de trabajo, vigilante nocturno en Lesseps, la última estación del trayecto del Gran Metro de Barcelona.
Nunca imaginaría lo que sucedería aquella noche, ni desde dónde estaría escribiendo esto.
El día anterior, Lluís, el trabajador al que reemplazaba por su jubilación, me explicó todo lo que necesitaba saber sobre el puesto. El trabajo era sencillo, aunque bastante solitario y rutinario. Me mostró cuál era la ruta que hacía todas las noches, diciendo que solo patrullara por los niveles superiores. "No bajes al andén” me advirtió Lluís. “Aquí no hay ladrones ni emergencias, pero… a veces, el silencio engaña".
Al día siguiente allí estaba yo, dispuesto a hacer la misma ruta que llevaba haciendo Lluís estos ocho años de vida del Gran Metro. A las dos de la madrugada escuché un lejano ruido en el andén. Parecían golpes, pero no los distinguía bien. Como ya me habían mencionado que se solían escuchar ruidos, no le di mucha importancia y seguí mi patrulla.
Me acerqué a las escaleras. Entonces, un golpe seco resonó en el andén. Fuerte. Metálico. Como si algo pesado hubiese caído sobre los raíles. Apunté con mi linterna tenue hacia el interior de las escaleras. Parecían infinitas. Sumidas en una gran oscuridad. Volví a escuchar algo. Un sollozo muy agudo. Acompañado de su natural eco resonando en toda la estación.
Un escalofrío me recorrió toda la columna cuando escuché un grito. Era un grito humano, como de un niño. Las manos me comenzaron a temblar. Bajé con mi linterna temblorosa. Los sollozos cada vez más cerca. Mi zapato resonó en los azulejos del suelo cuando llegué. No muy fuerte, pero lo suficiente como para que el sollozo parara repentinamente.
Giré hacia un andén antes abarrotado, ahora sumido en un silencio sepulcral, solo roto por una bombilla anaranjada lejana. Recorrí con mi linterna a lo largo del andén, con el corazón desbocado del miedo. Todo estaba en un silencio extraño solo interrumpido por un lejano goteo de agua. Al otro lado de las vías llegué a ver lo que parecía un cartel publicitario “CHOCOLATES AMATLLER”. Pero, de pronto, algo con la fuerza de un elefante me empujó sobre las vías, y me golpeé en la cabeza con uno de los raíles.
Cuando me pude dar la vuelta para mirar hacia el andén divisé una sombra acercándose al borde. Una silueta como de dos metros, inhumana. Cogí la linterna y pude alumbrar aquello. Contuve el aliento al ver su rostro. Una masa hinchada de carne amorfa. Bultos del tamaño de puños deformaban su frente, empujando su ojo izquierdo hacia abajo. La nariz, aplastada contra su cara, parecía más una cicatriz. Estaba tan congelado que no pude reaccionar. Hasta que esa cosa, de un salto, bajó a las vías e hizo saltar las piedrecitas en su caída.
Me levanté y corrí por las vías adentrándome en el túnel. Miré atrás: la silueta se acercaba. No paré hasta llegar a Fontana, la siguiente estación. Allí subí de prisa buscando ayuda y le expliqué la situación al vigilante de aquella estación, intentando respirar a la vez de hablar.
Por eso escribo esto. Porque cuando el otro vigilante revisó las vías, no encontró nada. Porque la Guardia Urbana dijo que fue el golpe en la cabeza. Porque ahora estoy aquí, encerrado en este manicomio. No estoy loco, sé lo que vi y eso sigue ahí abajo.