El último tren

Daniel Mateos

El aire denso y húmedo del metro se impregnaba en la cabina mientras el último tren del día pasaba lentamente por la estación de Urquinaona, correspondiente a la famosa línea cuatro, la que conecta barrios como Gracia y El Guinardó con la playa. Alba, la maquinista de ese tren, esperaba paciente el momento en que las estaciones del metro de Barcelona cerraran sus puertas para poder irse a casa. Aunque allí igual era peor, llevaba unos días en los que su cabeza era la cuna de pensamientos y pena por su última relación. Ese chico la tenía realmente enamorada pero el sentimiento no pareció ser recíproco.


El tren entró en la estación de Joanic a su velocidad habitual mientras que Alba estaba apoyada sobre la mesa de control esperando el fin del trayecto. No había nadie esperando en la estación, tampoco llevaba pasajeros en los vagones. Estaba siendo un martes tranquilo.


El tren se detuvo en Joanic y Alba, aliviada por estar cerca de acabar su jornada, suspiró profundamente. La cabeza llena de recuerdos de Alex; su ahora ex, de promesas rotas y palabras que aún resonaban en su mente. Preparada para reanudar la marcha, su vista se desvió hacia el espejo retrovisor. Algo fuera de lugar la sacó de su limbo.


Una figura de cabello largo y negro cayendo sobre su rostro. El camisón blanco que vestía estaba algo sucio y arrugado, sus pies desnudos residían sobre el suelo frío del andén. Alba observó cómo entraba al vagón con una calma desconcertante justo antes de cerrarse las puertas. Una sensación extraña le recorrió el pecho. Esa mujer no era el típico pasajero que solía llevar a esas horas.


Reanudó su marcha para llegar a la próxima parada algo nerviosa. Seguía pensando en esa mujer, mientras recorría aquellos oscuros túneles. Se estaba aproximando a la siguiente parada, Alfonso Décimo, por lo que intentó bajar la velocidad. 


El tren no frenaba. Alba se levantó y volvió a intentarlo pero no respondía. Estaba acelerando más. El tren que solo transportaba a Alba y a la extraña mujer de camisón blanco no se detuvo y pasó la estación a mucha más velocidad de la permitida, saltando todas las alarmas en el centro de control.


Tocó todos los botones posibles entrando en pánico, pero ninguno respondía. Intentó pedir ayuda al centro de control con gritos de desesperación. Las comunicaciones tampoco funcionaban.


El andén de El Guinardó pasó fugazmente ante las ventanas de los vagones. El cuentakilómetros contaba noventa kilómetros por hora. Estaba incomunicada dentro de un tren desbocado.


Maragall. Cien kilómetros por hora. Llucmajor. Ciento diez kilómetros por hora.


Pasó las estaciones viendo a sus laterales los andenes iluminados mientras la velocidad no paraba de aumentar y se acercaba al final de la línea. Las lágrimas irrumpieron de sus ojos desconsoladamente. Volvió a intentar comunicarse con control. Ninguna respuesta. Iba a la deriva atrapada en un tren a ciento veinte kilómetros por hora, con dirección a una pared de contención.


Via Júlia. Ciento veinticinco. Trinitat Nova. Ciento treinta.


Esa era la última estación. Le quedaban pocos metros para llegar. Los frenos de emergencia del final de línea fallaron. Estaba todo perdido. Por su mente pasaron los rostros de Alex, sus amigos, su familia.


Alba cerró los ojos. Tomó una bocanada de aire. El reflejo de los faros del tren se hizo cada vez más grande sobre la pared de contención.


En las grabaciones de seguridad de Joanic no se vió entrar a nadie. Alba estuvo sola.

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