Próxima estación
El traqueteo del vagón y el sonido del altavoz anunciando la siguiente estación le sacó del trance en el que llevaba largo rato. Miró a su alrededor y vio toda la gente que le rodeaba. Como cada día, el metro estaba lleno de personas que iban arriba y abajo en sus tareas diarias, pero Marc solo podía pensar en el padre de su amigo, no podía creerse que se hubiera ido tan pronto. Quería ver a Carles, abrazarle y acompañarle en ese duro día.
Un momento de su vida cruzó por su mente. Un momento que nunca podría olvidar. El día en el que creyó ver a su amigo de la infancia y que no fue a saludar después de tantos años sin verle por vergüenza. Esa misma vergüenza que te empuja a no actuar en la vida.
Le vio justo antes de que saliera al mismo andén al que estaba a punto de llegar, mirando de lado a una de las pantallas que suelen poner en los techos de los metros de Barcelona. Solo el tiempo le hizo ver lo mucho que se equivocó. Meses después Marc se enteró que ese mismo amigo de la infancia había muerto en un accidente de tráfico.
Recordaba su cara, la ropa que llevaba y la sensación de alegría que experimentó al verle, pues fueron muy íntimos durante los años en los que estuvieron unidos. Desde ese día nunca más dejaría que algo así le volviera a pasar, de manera que empezó a caminar en el momento en el que, incrédulo, volvió a verle.
La misma cara, la misma posición, la misma sensación. Era él sin duda y esta vez no lo dejaría escapar. Sabía que era imposible, había muerto, pero una parte le empujaba a ir y hablarle.
Aunque todavía no habían llegado a la parada la gente ya estaba posicionada para salir. Tenía que avanzar pidiendo permiso cada vez. Apenas avanzaba de aquella manera y parecía que su amigo estaba cada vez más lejos. Al pasar tras la última barrera de gente llegó al final del vagón. Allí creía que por fin podría verle, pero se asombró al ver como se metía dentro de la cabina del piloto cerrando la puerta. Fuese o no un error, necesitaba seguirle.
Sin meditarlo demasiado se acercó a la puerta y la abrió mientras la voz del interfono volvía a repetir “pròxima estació…”.
La habitación a la que accedió estaba sumida en la más completa oscuridad. No se oía gente hablar, ni el eco que hace el vagón al moverse por los túneles. Ni siquiera la voz del altavoz anunciaba ya ninguna parada. Caminó en línea recta hasta que se dio cuenta de que allí no había nada ni nadie. Al querer volver atrás ya no había puerta. Buscó a tientas algo a lo que agarrarse sin encontrarlo.
No fue hasta que vio una pequeña luz a lo lejos que decidió volver a moverse. Era una luz débil que se iba acercando con cada paso. Aguzó el oído y chilló para ver si alguien le oía. Nada. Al pasar a través de la luz salió a una sala con las paredes de madera y una caja en el centro. Una persona con los brazos cruzados en el pecho estaba estirada dentro. La multitud a su alrededor lloraba la pérdida de la persona mientras se abrazaba y consolaba sin saber qué decir en esas situaciones.
Mirar a la cara de la persona de la caja fue como mirarse en un espejo. Era él, estirado y quieto. Todos sus amigos y familiares habían acudido a despedirse. Todo lo que había estado viendo y sintiendo en las últimas horas habían sido esas imágenes de película que suelen decir que ves antes de morir. Pero sin duda su último gran pensamiento fue todo aquello que se arrepintió de no haber hecho en vida. Ya nunca más escucharía la voz que anunciara la siguiente estación.