Una fracción de vida eterna

Meraki

Aún no puedo asimilar todo lo que ha ocurrido hoy. Había ganado el universo en una hora y lo había perdido en un minuto. En ese vagón de metro, hacía apenas un suspiro, nos habíamos unido carnal y sentimentalmente. Pero todo quedará en esa fogosa hora, dónde desapareció el mundo y apareció él. Nada importaba entonces. Sólo el disfrute de nuestros cuerpos gozosos y sedientos de amor.


Ese baño en movimiento será el nido de nuestro amor, pero también de nuestro dolor. Un amor fugaz, unos minutos de desconexión del mundo y unión de dos almas gemelas que dudaban en encontrarse. Un amor que en realidad llevaba más tiempo rondándonos, pero que el miedo no dejaba fluir. Teníamos miedo a arriesgarnos, a perdernos sin apenas habernos encontrado. Y, sobre todo, miedo a mi padre...


Pero esta tarde llegó el clímax de tanta espera, deseo y sufrimiento en silencio. Y entre ruidos subterráneos, gente agitada y frenazos chirriantes nos fundimos en uno. Nos besamos, acariciamos, experimentamos con nuestros cuerpos, como tantas veces habíamos soñado. Se sentía todo tan real. Tan mágico. No nos quedó cuerpo para saborear. Nos dejamos llevar por la pasión y las ganas de tocarnos y sentirnos el uno al otro. El momento en el que me acarició la mejilla supe que mis sentimientos eran verdaderos. Que lo amaba con toda mi alma. Un escalofrío de deseo recorrió mi cuerpo, mostrándose al momento en mi parte más íntima. Él lo notó y me sonrió con esa dulce mirada. Sus labios carnosos deseaban que mi boca los abrazara. Y no dudé en lanzarme contra él. Noté como su boca me buscaba, me atrapaba y me hacía temblar. Nuestras lenguas bailaban al compás de nuestros espasmos. Su boca, aún no saciada de mí, bajó poco a poco, trazando un camino de deseo hacía el paraíso. Y cuando llegó a la meta final, el placer más intenso que nunca antes había experimentado se apoderó de mí. Me dejé llevar por sus movimientos lentos y sensuales. Disfrutando de cada beso, cada caricia, cada lamida… Eso era real. Decidí dar el paso yo también. Y, entre titubeos cargados de pasión carnal, bajé a jugar con él. Y lo gocé mucho. Lo sentí dentro de mi boca y jugué con él hasta que mi lengua dijo basta. Y seguimos dándonos amor hasta que, al abrirse las puertas del metro en nuestra parada, la mirada fulminante de asco y rechazo de mi mi padre nos encontró. Y, en ese momento, supe que quizá no volvería a verlo nunca más.


Su olor aún me envuelve. Su gusto aún sigue en mi boca. No puedo dejar de pensar en ese eterno momento que vivirá para siempre en mi mente. Una fracción de vida eterna. 


 

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