En los raíles de la reminiscencia
Mi padre me insistió por lo menos en diez ocasiones que no era buena idea, y lo cierto era que llegar hasta el andén fue una aventura genuina. Los raíles silbaron y una ventada sacudió mi chaqueta como si fuera de papel. Di un salto y me giré de nuevo hacia el banco, donde mi abuela, o yaya, como a ella le gustaba, descansaba con los ojos cerrados. Me acuclillé, levanté sus brazos y los coloqué sobre mis hombros.
—¿Por qué te tengo que abrazar? —preguntó de sopetón—. ¿Quién eres?
Tragué saliva y me fijé en que el metro estaba a punto de detenerse, las personas repartidas esperando a que las puertas se abrieran.
—Clara. Tu nieta.
Mis brazos rodearon su espalda y conseguí erguirla sin dificultades. Su mano se agarró a la mía y en diez pasos nos introdujimos por una de las puertas. Un chico la vio y al instante se levantó para cederle el sitio, que tuve que protegerlo de un abogado (por el traje, no porque fuera yo vidente) que amenazó con sentarse; a malas, inspector de hacienda o uno de esos que te adjudican hipotecas, de esos tres no salía. Mi yaya se sentó satisfecha y se recostó contra el respaldo, con la mirada en algún sitio que solo ella conocía. Yo me quedé frente a ella, jugando al equilibrio en las curvas como recomendaba un anuncio que a veces aparecía en el metro.
La movilidad de mi yaya, salvo para enderezarse, era inconcebible aun por lo avanzada que era su enfermedad. Podía caminar sin bastón o tacatá, e incluso su aguante para permanecer de pie era superior al promedio de su edad. Unos meses atrás, le cedieron el sitio y ella se negó, de modo que el trecho de Horta a Entença lo hizo de pie. De pie. Por eso me empeñé en que mi yaya fuera hoy en metro aun con las objeciones de su hijo. Desde pequeña siempre había ido en él y, mientras su cuerpo le permitiera, yo la acompañaría. Sin embargo, su memoria se vio tan mermada en los últimos años que nos habíamos acostumbrado a escuchar las mismas preguntas y a contestar las mismas respuestas.
Congrés, La Sagrera, Camp de l’Arpa… Mi yaya vivía en una residencia por Horta, y siempre era yo quien le daba conversación y quien la trasladaba de un lado para otro en metro. Mi padre no es que nunca estuviera con ella, pero todavía no superaba que ya no lo reconociese. Ahora nos dirigíamos a la casa de mis padres, en el cruce de Bailén y Rosselló, para celebrar el octogésimo sexto cumpleaños de la yaya. Mi yaya. Pasamos Sagrada Familia y estudié los obstáculos que nos impedirían una huida triunfante. Próxima estació: Verdaguer, enllaç amb L4 i Tram. Habría que avisarles que una reina iba a salir, a patadas si fuera necesario.
—Verdaguer —susurró mi yaya. La miré de inmediato y, por primera vez en meses, descubrí que sus ojos me encontraron—. ¿Te acuerdas, Clara? Por aquí vivía antes. Te quedabas a hacer los deberes.
Mi boca se abrió, pero ninguna palabra salió de ella, como si un fantasma las robara y se las quedara para él. Un dedo mío subió por mi mejilla, vacilante, y recolectó una gota salada. Mi yaya aproximó su mano y me acunó, con una caricia suave.
—Podemos pasar por delante —dijo—. Quizá te acuerdes.
El metro aminoró la velocidad y la abracé sin sus quejas habituales. Salimos del vagón y mi yaya tomó la delantera hacia las escaleras mecánicas, como si supiera a la perfección su ubicación. El sol nos saludó de nuevo y mi abuela le correspondió con una sonrisa. Al fin, cruzamos una manzana y llegamos a la casa de mis padres. Donde mi abuela vivió toda su vida.