Un café con croissant.
06:30 De la mañana, solo la gente que tiene compromisos ineludibles, sabe lo que es levantarse para estar a esta hora en el metro e ir a cambiar tu tiempo por dinero. Hoy gracias a la buena fortuna de lo que da una rutina, ha llegado a la hora, sin contratiempos.
Hay días que toca esperar y otros que tienes que acelerar el paso antes que el angustiante timbre del cierre de puertas suene y poder entrar para luego, soltar un suspiro y si va bien, mirar haciendo una mueca de alivio a otros pasajeros. Este transporte ha sido adjudicado a la clase media y baja. No encontrarás entre la multitud agolpada a ninguna celebridad, aunque te esfuerces en buscarlo cada día, aunque cojas varias líneas y frecuentes diversas estaciones. Solo gente anónima con una necesidad y bajo presupuesto.
Después de mi trabajo como auxiliar de veterinaria en calle Lepant, rehúso usar el metro de Alfonso X porque aunque esté a tan solo a dos calles, me gusta dar un cambio para no tener que subir esos escasos metros en comparación ha la ruta en la que cojo un autobús hasta Sagrada Familia, una de las paradas mas concurridas de la ciudad de Barcelona, dirección Sant Antoni. A diferencia de otras estaciones, aquí solo ves ha gente que va o viene. Muchos turistas, si te descuidas puedes acabar sin tu teléfono móvil.
05:30 De la mañana, cuando crees estar preparada para tu vida como asalariada, reformas en la línea 2. Toca cambiar los hábitos, aunque en la teoría son solo diez minutos más y aquí no hay cobre que sustraer, es mas frecuente una demora. Y si tienes suerte hará la ruta de siempre. Quizá mi amor por los animales o quizá el cobrar menos a fin de mes, hace que me levante aún mas temprano para estar con exactitud a la hora que entro en la clínica. Autobús H16, transbordo en Urquinaona hasta Alfonso X. Debería ir en una moto, tengo el carnet, pero reconozco que me da gusto examinar a esa gente anónima. Imaginar qué les ha hecho estar en este preciso momento pagando el precio de 2,50€ el billete sencillo, si quieres volver tendrás que sacrificar tu café con croissant de mantequilla del almuerzo.
Cuando era adolescente y ya se me permitía viajar en el metro sola, solía intercambiar miradas con personas del otro sexo, eran momentos de magia. Alguna vez llegué hablar con ellos, compartir el número de teléfono, bajarte en su parada y pasar unos días de romance, pero duró tan poco como un trayecto de larga distancia en un acelerado tren de alta velocidad. Lo más normal que aún me sucede, aunque cada vez con menos frecuencia porque suelo fijarme en hombres que resuelven, es coincidir miradas, ver la ropa y sus zapatos, mirar si está pendiente o aún quedan varias estaciones para su llegada. Los días más crueles bajan haciendo una última mirada de soslayo y tú, solo deseas sin ganas, porque sabes que Barcelona es una ciudad grande y probablemente ha tenido un contratiempo, volver a coincidir, en el metro, en el autobús, caminando por una calle, en una cafetería, da igual. La vida nos juntó y los pasillos sin nombre del metro han hecho desvanecerse una historia de pasión. Resultando en un fugaz momento que, por la falta de tiempo que dan estos lugares, no comenzamos un viaje nuevo, menos solitario y quizá acabar trasladándonos en un coche de capacidad familiar. Queda el consuelo de seguir con la rutina hasta recuperar la frescura de la juventud en otro desplazamiento y cambiar la dirección de nuestro destino habitual.