El vuelo de la chancla
Todo empezó con un inocente jueguito de pies. Mi hijo, con su energía inagotable y su par de chanclas fieles, decidió que la línea azul del metro era el lugar perfecto para experimentar con la física del movimiento.
—Mamá, mira qué alto puedo lanzar la chancla y atraparla de vuelta— dijo, con la confianza de un artista callejero.
Antes de que pudiera reaccionar, la chancla despegó como un cohete en plena hora pico. Giró en el aire, describiendo una parábola perfecta, y salió disparada entre las puertas abiertas del vagón. El destino quiso que aterrizara, triunfante, en medio del andén de Camp de l'Arpa.
Hubo un breve silencio. Luego, el caos.
Las puertas del metro comenzaron a cerrarse justo cuando mi hijo, con un grito de horror, intentó lanzarse en misión de rescate. Lo agarré del brazo en el último segundo, evitando que se convirtiera en el primer niño en la historia en ser abandonado por su madre en favor de una chancla.
—¡Mi chancla! —exclamó con la desesperación de quien pierde un ser querido.
—Déjala ir, hijo. Ya es parte del sistema de transporte público.
El metro arrancó, y mi hijo miró por la ventana cómo su chancla quedaba atrás, sola, entre una multitud indiferente.
El resto del trayecto fue un desfile de comentarios de pasajeros solidarios.
—Pobrecito, va descalzo.
—Yo una vez perdí un zapato en un autobús, nunca lo superé.
—Eso pasa por jugar con el calzado, niño.
Finalmente, llegamos a casa con mi hijo medio descalzo y con la dignidad hecha trizas. Intenté consolarlo diciéndole que su chancla estaba en un lugar mejor, tal vez siendo adoptada por alguien que la necesitara más.
Pero él lo tenía claro.
—Mamá, el metro se la quedó. Y yo sé que la va a usar para castigar a otros niños cuando se porten mal.
Desde ese día, mi hijo nunca más jugó con sus chanclas en el transporte público. Pero cada vez que pasamos por esa estación, mira al suelo, como si esperara reencontrarse con su viejo amigo de goma.