Por los viejos tiempos

El trovador

Hay un músico en el metro que no es como los demás: es un trovador. Con ese aire a pertenecer a un mundo que ha dejado de existir, saca día sí día también del estuche su guitarra, ajusta el micrófono, y canta incansable canciones que hablan de libertad, de paz, o de guerrillas de siglo pasado. Todas las mañanas con puntualidad se entrega a la tarea, aunque sus letras ya apenas conecten con la audiencia de este siglo. Pasillos y vestíbulos llevan su voz y sus acordes por las corrientes de aire del metro de Barcelona desde hace casi dos décadas.


En las antípodas de ese mundo desmantelado, vive un hombre que hace quince años era un joven iniciando su vida laboral. Enmedio de una fuerte crisis económica en donde todo era gente perdiendo sus empleos aquí y allá, él empezaba a trabajar, con esa doble incertidumbre que daba la nula experiencia personal y el clima de desconsuelo general.


El chico tenía un jefe sociópata que vivía el mando de la oficina a base de maltrato sistemático, y el ambiente que le esperaba al llegar cada mañana era el de un funeral. "En la siguiente parada, me bajo y no vuelvo más", se repetía cada vez. "En la siguiente, me bajo". Pero el clima ganaba siempre, y en el pasillo intercambiador de Plaça de Sants le esperaba el trovador, cantando a pleno pulmón, a un volumen completamente fuera de lugar a esas horas. Letras viejas de esperanza brotando directas de unas cuerdas vocales alimentadas únicamente por la necesidad y la rabia, tal y como le ocurría al chico. Le daba fuerzas cada mañana sin saberlo, era el único consuelo que había en esos trayectos hacia el desánimo; él, no podía compensarle con ninguna moneda.


Pasó el tiempo, ya no recuerda cuánto, y la situación cambió a mejor. Vinieron otros trabajos, mejoró la coyuntura, los trayectos fueron en otras direcciones, y el trovador dejó de estar en ellos. Hasta hoy.


Hoy el trovador ha querido cambiar la línea roja por la amarilla, y ha empezado su jornada en la estación de al lado de casa del hombre, en Guinardó Hospital de Sant Pau. Le reconforta cantar frente al mural de Philip Stanton que preside el vestíbulo, le hace sentir acompañado. El joven ya no lo es tanto, el trovador se ha rapado la coleta canosa y, adaptado a los tiempos, tiene un cartel en el estuche con su número para recibir un bizum, hoy que ya nadie lleva metálico en el bolsillo.


La misma garra en la voz, las mismas canciones de entonces. Y el hombre, conmovido por el reencuentro y por esos recuerdos, irá haciéndole un bizum cada mañana. Puede que durante toda la primavera, o hasta que le dé la gana.

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