100 vidas en un trayecto
Llevo la tarjeta en la mano. Bien agarrada; ya se me cayó una vez. Ralentizo el paso al validarla, no vaya a comerme otra vez las puertas. Pero hoy entro sin problemas. Un señor friega el café que alguien ha derramado.
No oigo el sonido del metro, pero me apresuro igualmente a bajar las escaleras. Así me coloco a la altura idónea para la salida.
Mientras avanzo, una chica sonríe y hace gestos a un chico del andén de enfrente. No sabría decir si ya se conocían o están flirteando. Alguien apura su bocata al lado de una mujer embarazada a quien su pareja acaricia la barriga con ternura mientras balancea el cochecito para mantener dormido al otro bebé.
Oigo el traqueteo de las vías y los segundos del cartel cambian a «ENTRA».
Un señor tose y se coloca un pañuelo sobre la boca al hacerlo. A su lado hay una mujer con mascarilla. Un vigilante pasea por el andén. La voz de su compañera suena por el comunicador.
Me mantengo a un lado de las puertas para permitir el paso a los que salen, pero tres chicas de uniforme se quedan quietas delante, dificultando la salida de una mujer que maneja un carro de la compra bastante cargado. Solo una de ellas mueve un pie cuando este casi le cae encima.
Dentro, dos niños revoltosos alternan el estar sentados y de pie sobre los asientos, mientras quien los acompaña se desentiende ojeando el móvil. Sobre el pitido, un muchacho entra corriendo y provoca las risas de otros cinco, a los que saluda.
Me agarro a la barra para mantener el equilibrio durante el arranque. Sentada, una señora se retoca el maquillaje con extrema profesionalidad. De repente, me cae aire caliente en la nuca. Al girarme, una mujer alta exhala su húmedo aliento en mi cara. Un señor murmura entre dientes a mi lado mientras no le quita ojo a una joven que masca chicle con la boca abierta. Pero, cuando esta se baja en la siguiente estación, él sigue farfullando.
En el andén, cinco manteros despliegan sus mercancías y una chica mira alternativamente su móvil y a lo lejos, como si esperara a alguien.
Un señor con mono de obra y manicura francesa se apoya en el lateral de la puerta y se coloca tras la oreja un mechón demasiado corto como para quedar sujeto por la coleta. Un chico joven se levanta para ceder el asiento a una señora de avanzada edad.
A lo lejos se empieza a oír música y una joven presenta a tres hombres y dos mujeres que tocan una versión de alguna canción popular. Oigo a una señora canturrearla, con una sonrisa de oreja a oreja. Seguro que les da una propina. Pero la chica de su lado, que también mueve la boca, lo hace para no perder el hilo de su libro.
Las puertas vuelven a abrirse y tres personas bajan para dejar salir a otra que maniobra con su silla de ruedas. Entra una joven con su perro y otra le acaricia el lomo al animal. Un señor muy alto tiene que agacharse para acceder y otros dos cargan una caja de cartón con el dibujo de una lámpara.
Algo se desparrama. A alguien se le ha caído el bolso y cinco personas le ayudan a recoger. Un muchacho cruza a zancadas el vagón y se abraza a otro. Tres señoras hablan en un idioma que no identifico. Un ronquido me distrae. Otro señor se levanta y va a buscar su bici al fondo del vagón. Una chica exclama «¡Es esta!» y tres más salen corriendo tras ella.
Llego a mi estación. Una chica tatuada me deja pasar. Veinte chicas de un equipo deportivo hacen piña con sus dos entrenadoras, dándose ánimos para el partido.
Me dan un cupón para un poke.
Al salir llueve. Qué bien. No llevo paraguas.